Los versos al Baratillo que los cicerones del padre Cué le aconsejaron suprimir en “Cómo llora Sevilla” 
El Cardenal Segura recriminó al popular jesuita que abrazara a los costaleros; y Jacinto Benavente calificó la obra de “maravilla poética”

La 17 edición por la que ya va el libro más vendido de la Semana Santa de Sevilla ha posibilitado su entrega y lectura a las nuevas generaciones que no conocían “Cómo llora Sevilla”, gracias a que Sevilla Press lo ha vuelto publicar, enriqueciendo sus páginas originales -estrictamente literarias y sin ilustraciones- con bellísimas fotografías a todo color (de Salazar y Bajuelo) y los textos incorporados de grandes comentaristas cofrades que ahora analizan la categoría de fenómeno que ocupa la obra entre todas las dedicadas a través de los tiempos a nuestra Semana Santa. 

Con la 17 edición de Sevilla Press -de tal difusión nacional y extranjera que incluso ha llegado a las manos del Papa Francisco, complacido y agradecido a través de la Secretaría de Estado del Vaticano-, no se trata de una enmienda a todas las anteriores, sino de una notable mejora de posibilidades editoriales que demuestran precisamente el saber considerar con más justicia que nunca la importancia del gran bestseller cofrade, incomparable en número de ventas con toda la bibliografía disponible sobre el género. Con gran justicia he dicho,  porque este verdadero lanzamiento de “Cómo llora Sevilla”, propuesto y llevado a cabo con los máximos niveles de difusión, acoge la finalidad y el deseo de convertirse también, y simultáneamente a que sea leído por los más jóvenes que se estrenan en su lectura,  en un acto de desagravio al hecho de que el padre Cué nunca fuese elegido pregonero de la Semana Santa de Sevilla. Increíble, pero cierto, como tantas cosas en la ciudad de la gracia, pero también de la guasa. Y a decir verdad, no es tan incomprensible que el padre Cué jamás pronunciara el Pregón de la Semana Santa de Sevilla, pues queda bastante explicado con la trayectoria en general gris y mediocre de la historia de este acto, por culpa de la de veces que en el Consejo de Cofradías se ha designado al pregonero conforme al enchufismo, las recomendaciones, los amiguismos y hasta los vergonzosos esfuerzos personales de algunos para procurarse con influencias su nombramiento. Y encima los arzobispos de por medio presionando, mostrando sus preferencias por pregoneros que no tuvieron ni voz, que ya es decir no tener voz cuando se trata de ser pregonero.  Lo sabe todo el mundo, ¿no? ¡Claro que lo sabe todo el mundo! Si lo sé hasta yo, el último en enterarme. Y el dato más incontestable de la cansina historia del Pregón  -con excepciones que alteraron su atonía común-  es que a día de hoy, en 2021, siga imborrable como el Pregón por excelencia el de 1956, que acaba de cumplir 65 años, pronunciado por aquel gigante de la poesía llamado Antonio Rodríguez Buzón. 

Así le ha ido tantas veces al pregón, rimando con tostón, en una historia de décadas en la que sus protagonistas relevantes son muy pocos. Por culpa de estas manipulaciones que nadie ignora y son vox populi -desde los tiempos en los que la designación se hacía tradicionalmente en un domicilio particular del Barrio de San Vicente-, Sevilla se ha quedado sin los presumibles y esperados grandes pregones de Juan Sierra, Rafael Laffón, Antonio Gala (que en dos palabras dice más de Semana Santa sevillana que tantos otros en interminables folios), o Pascual González. 

El padre Cué fue otro discriminado en los compadreos del Consejo, otro más en la lista de los verdaderos ilustres a quienes cupo el honor  de no dar el pregón. Recibió como una limosna, que lavara la mala conciencia, dar el Pregón de las Glorias. Me pareció tan humilde como sacerdote que hasta lo dio, y de su texto salió su libro “Cómo ríe Sevilla”, otra magnífica obra que sumar a una bibliografía espiritual, y en gran medida sevillana, en la que destaco “Mi Cristo roto” (inspirado en el mercadillo de El Jueves) y “El Vía Crucis de todos los hombres” (con alusiones a nuestras saetas). 

Pero volviendo a “Cómo llora Sevilla”, la personalidad del padre Cué siempre me fascinó tanto a través de su libro y de lo que fue capaz de observar y sentir presenciando una sola Semana Santa de Sevilla en toda su vida, la de 1947, que en 1982, con poco más de veinte años, ya busqué sus huellas e indagué sobre aquella hermosa aventura cofrade. Una sola Semana Santa para saber escribir un mexicano la prosa y los versos del libro más vendido de todos los tiempos sobre nuestra fiesta mayor. ¡Con la de sevillanos que no se enteran de nada por más que se pasen aquí la vida! 

Así que siendo fundador y director de la revista de primavera “Sevilla Nuestra”, hoy en las buenas manos del capataz Alejandro Ollero  -que ha superado con creces lo que yo hice en un principio-, me fui a buscar a uno de esos estudiantes que acompañó al padre Cué en su visita a la Semana Santa de 1947; uno de esos estudiantes que estaban identificados sin duda alguna en la dedicatoria del sacerdote en “Cómo llora Sevilla”: Joaquín González Moreno. Quería que me escribiera sobre su propia experiencia. 

González Moreno era en 1982 el director del Archivo de la Casa Ducal de Medinaceli, y tenía su despacho en la mismísima Casa de Pilato. El investigador fue muy amable conmigo y se entregó generosamente a mi causa y a mis deseos de averiguaciones sobre los detalles de una preciosa historia que él conocía como protagonista, ofreciéndome un testimonio de primera mano. Así supe, con su artículo para “Sevilla Nuestra”  -publicado aquella primavera-, que se celebró entre el sacerdote y sus cicerones una lectura para darles a conocer el texto del futuro libro que iría a convertirse en todo un éxito -el mayor éxito- de la literatura cofrade sobre la Semana Santa de Sevilla y, por ende, de todas las que se celebran procesionalmente. Y también supe que una parte del total del contenido se quedó fuera, tal como narró -y reproduzco ahora- Joaquín González Moreno para “Sevilla Nuestra”, que escribió así la romántica historia del gran poeta de la Semana Santa, el padre Cué: 

“Los años transcurridos entre nuestra época de estudiante en la vieja Universidad de la calle Laraña y los tiempos modernos, nos dejan ver con una perspectiva más serena y menos apasionada, los prolegómenos de la Semana Santa  y la reacción del padre Ramón Cué Romano. Tal vez ahora se pueda hacer una valoración objetiva de la gran contribución que representa en la bibliografía cofradiera de Sevilla, el libro en prosa y verso del jesuita mexicano. No vamos a entrar en esta segunda consideración, para centrarnos en la primera, de la que fuimos protagonistas, junto con un grupo de compañeros universitarios. 

Conocí a Ramón Cué un mes de noviembre en la década de los años 40. El curso había comenzado y todos nos preguntábamos en tercer año de la especialidad de Historia de América, quién sería aquel nuevo compañero que todos los días citaban a la hora de lista y que aún no se había presentado. Estábamos sentados en los bancos del patio de los plátanos, de la Universidad de la calle Laraña, y oímos a lo lejos el taconeo vibrante y decidido de una persona que se acercaba a nosotros, por el corredor que comunicaba con el llamado “gineceo”. Los pasos se hicieron cada vez más fuertes, hasta que apareció ante nosotros el rostro sonriente y feliz de un joven sacerdote con sotana y gafas, que llevaba un manojo de libros en la mano derecha, que apoyaba en su pecho. Inmediatamente nos preguntó: 

-¿Sois vosotros los alumnos de tercero, de Historia de América? 

A lo que uno de los nuestros contestó: 

-¡Sí!, y usted ¿quién es? 

No se hizo esperar la respuesta: 

-Soy Ramón Cué, vuestro condiscípulo. Mi apellido se pronuncia como Qui, quae, quod, pero se escribe sin “q”. 

Todos reímos la ocurrencia y originalidad y desde entonces se captó la amistad y simpatía de todos. Allí estábamos Pepita Rull, Francisco Morales Padrón, Ángel O’Dogherty, Segismundo González, Manolo Amo y yo. 

Los meses transcurrieron veloces y llegó la Semana Santa. Poco a poco el nuevo compañero me fue poniendo al corriente de su formación humanística, de sus lecturas y publicaciones. De todos los que estudiábamos juntos, tal vez fuera yo el escogido por Ramón Cué para compartir apuntes y libros, memorias y notas, precisamente por mi vinculación a la Compañía de Jesús, en cuyo colegio sevillano había realizado mi bachillerato. Esto no quiere decir que el jesuita no tuviera otros amigos, dentro y fuera de la Universidad, e incluso familias, relacionadas con la residencia de la calle Jesús del Gran Poder, que le orientaron en la problemática sevillana y le hablaron encendidamente de la grandiosidad de nuestra Semana Santa. 

Ahora no me extraña el carácter abierto, el amor a Sevilla, el sentimiento profundo, ante lo poético, del cura, que teníamos por compañero. Después con los años he conocido a muchos mexicanos, ligados a temas históricos y guadalupanos, y casi todos ellos han reaccionado ante nuestra ciudad de idéntica manera. Tienen algo de hispalense, no sólo en el habla, los nacidos en aquellas lejanas tierras, que les sirve para encontrarse en nuestra ciudad como pez en el agua. 

El padre Cué hizo amigos en el Ayuntamiento, en la Diputación, en el Círculo de los Luises, en el barrio y en la catequesis de los niños pobres. Él iba buscando la chispa de humor, la gracia natural del pueblo, su profunda filosofía y sus refranes. De todo ello tomaba nota en su mente y se reía a carcajadas, a mandíbula batiente, con esos chistes blancos, como la tirilla de su cuello, que le contábamos y se ponía serio, muy serio, cuando a él le llegaba el turno del chascarrillo, que terminaba con una fina e irónica sonrisa. De todo se hablaba en aquellas largas esperas entre clase y clase. De lo divino y de lo humano. 

Fue entonces cuando le presenté a mis dos mejores amigos de entonces, de antes y de ahora: Julio Martínez Velasco y Manuel Ferrand Bonilla. El primero llevaba la dirección de la revista “Vida”, era poeta y estudiaba Derecho. El segundo era pintor y estudiaba un curso superior al nuestro, pero en la sección de Historia. Para completar el trío, se nos unieron unos compañeros del Círculo de los Luises, como fueron Juan Delgado Alba y Carlos Acedo. La labor que hicimos al lado del jesuita  -si se puede llamar labor-  fue la misma o peor que la que pudieron haber realizado otros jóvenes de entonces o de ahora. Simplemente acompañarle a ver las cofradías, escogerle los ángulos con la perspectiva adecuada, buscarle el balcón o el cierro a propósito, o introducirle por la puerta falsa de las iglesias. Con la ventaja de entonces sobre ahora, que no había la masificación de nuestros días, y que se podían observar los cortejos procesionales por calles solitarias, cuando iban las cofradías de recogida, con la música del lento caer de las gotas de cera, o con la proyección fantasmagórica de la silueta del nazareno sobre la cal blanca de la tapia prolongada del convento. Lo demás, todo lo demás  -que ya es bastante-,  lo puso el autor de “Como llora Sevilla”. 

Ni que decir tiene que el padre tenía muchos amigos antes de que llegara su popularidad,  pero esta le atrajo un enjambre de admiradores que le seguían a todas partes, en grupos que le rodeaban durante los desfiles procesionales. Poco le faltó para que le sacaran a hombros como a los toreros, una vez que se conoció por sus recitales en el Teatro San Fernando el alcance y significado de su obra. En tiempos de represión del nacionalcatolicismo, no gustó la fama del padre Cué en el palacio arzobispal. Regía la mitra hispalense el recordado cardenal Segura y Sáenz, quien en muchas ocasiones, a través de su vicario general, envió notas de reprimenda al superior de los padres jesuitas. En algunas de ellas se decía algo que hoy la Iglesia bendice con amor, y que entonces se consideraba de mal gusto: “Ha sido visto el padre Cué abrazado, palpando la espalda sudorosa de un costalero, en la salida de la cofradía tal”. Y era que el jesuita mexicano comprendía el valor de la liturgia popular cofradiera, antes que la proclamara el Concilio Vaticano II. Se adelantó a su tiempo y no veía mal que las manos que consagraban todos los días, al Dios que está en los cielos, se llenaran con el sudor de unos hombres que habían llevado a la imagen de Cristo, muchas horas, sobre sus espaldas. 

La primera Semana Santa del condiscípulo Ramón terminó y, transcurridos treinta días, aquellas ideas se sedimentaron  y se trasladaron a un borrador, que pasó a máquina Lolita Olivares. Cué estaba intranquilo por leernos sus impresiones, y nosotros nerviosos porque, conociendo su producción literaria, estábamos sospechando que el éxito iba a ser rotundo. Entonces nos reunió en un lugar que estaba de moda piadosa y que era el más idóneo para un recital de tipo religioso-popular: el restaurante de los jardines de Betania, en el Cerro de los Sagrados Corazones, de San Juan de Aznalfarache. Todos acudimos a la cita y, tras el café y la lectura de aquella “maravilla poética”, como años después la definiera Jacinto Benavente, hubo un silencio sepulcral, nadie se atrevía a tomar la palabra. Todo se cortó con una solemne imperativa frase del jesuita: 

-¡Si no os gusta, rompo el texto, y hago otro nuevo!  

Y como un coro finamente orquestado, todos contestamos a la vez: 

-¡Nooooo… 

A lo que respondió el padre: 

-¿Entonces porqué no habláis? 

Alguien del grupo, cuyo nombre no recuerdo, contestó: 

-Es tan maravilloso, es tan estupendo, que no tenemos palabras con qué calificarlo… 

Ante la insistencia de Ramón Cué por conocer algún defecto que hubiéramos captado en su disertación, le propusimos suprimir un poema dedicado a la Virgen del Baratillo, cuando pasa por el Arco del Postigo, y que si mal no recuerdo comenzaba así: 

Fuego, fuego 

Que vengan los bomberos 

Que el postigo del aceite arde… 

Quedó inédito el verso del poeta mexicano, porque en Sevilla somos muy dados a la “guasa”, y aquellas estrofas, que en otro lugar de España hubieran caído bien, aquí sobraban, ante la riqueza de expresión del resto de la obra. 

“Como llora Sevilla” quedó lista para imprenta, sin quitar ni añadir una sílaba, salvo los citados ardientes versos”. 




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