Lea aquí, íntegro, el pregón de la Semana Santa de Sevilla 2018

Este es el pregón de la Semana Santa de Sevilla pronunciado por Ignacio Del Rey Tirado en el Teatro de la Maestranza el domingo 18 de marzo de 2018.

PREGÓN DE LA SEMANA SANTA DE SEVILLA

1.- LEMAN YBA´THUN

¿A quién buscáis?Aquella voz rompió el silencio de la noche, abriéndose paso entre la bruma, como el trueno rasga el aire antes de la tormenta. ¿A quién buscáis? Su imagen, blanca, por sí sola iluminaba todo aquel huerto, dibujando sombras entre los cientos de olivos que, de repente, son ahora una multitud de cabezas que contemplan la escena. ¿A quién buscáis? Tambores y cornetas al unísono requiebran el canasto dorado que gira y se retuerce al compás del metrónomo del gran olivo. Lo habéis visto muchas veces. Es ese huerto que está junto a la calle Alemanes, donde el Maestro velaba su propia entrega, en agonía de miedo, sudor y sangre. Los suyos, arrullados en su sopor por rosarios tintineantes de calle Feria, mientras una oración angustiada salía de esos mismos labios: “No se haga mi voluntad, sino la tuya”. Bajo ese olivo, el Señor alza los ojos buscando respuestas que ni el ángel sabe darle.

¿A quién buscáis, los que habéis venido aquí esta mañana de Pregón? ¿A quién buscas tú, sevillano? Sí, tú, que ahora mismo, tradición de años, escoges escuchar el pregón en casa, con calentitos, prensa y la radio o televisión de fondo; o tú, que decides hacer un aparte, entre espartos y túnicas de ruan ya colgados que esperan — ¡ay la espera!— para escuchar, con tu copa de Alfonso, mientras oyes hablar de Semana Santa.

¿A quién buscáis? Vosotros, a quienes no os interesa el pregón y vais en mañana de júbilo, de iglesia en iglesia, a abrir los besamanos y besapiés que ya nos están llamando. O tú, que de aquí a siete días estarás entre los árboles del parque persiguiendo un manto blanco. Tú, que estarás llevando a tu niño a su primera Semana Santa, intentando que comprenda que detrás del caramelo te entrega Cristo su Reino. O tú, que temes a esta primera Semana Santa sin la persona con quien compartiste tantas. ¿A quién buscas? Tú, que te has pasado las últimas semanas colgado a la página de Aemet, maldiciendo nubes y borrascas, que te ha faltado ponerle dos velas a Maldonado para que pusiera un solecito en Sevilla para la semana que viene.

¿A quién buscáis? Vosotros, los llamados frikis, que no os perdéis un ensayo, un montaje o traslado. ¿A quién buscamos? Fieles oyentes de los programas de radio y televisión cofrades, lectores de webs y foros. ¿A quién busca usted?, esperando en el balcón de su casa el gran acontecimiento de la visita que llega sobre un canasto dorado, o bajo un palio de malla; cuando ya nadie se acuerda de visitarle. ¿A quién buscas? Tú, que ni te importan los pasos, ni los santos, pero que, con tal de compartir toda una tarde de su mano, verías todas las cofradías, dos veces, si fuera necesario ¿Y tú? Cofrade resignado, cuya penitencia se labra adosado a un carrito de niño, que intentas ver lo que se puede y como se puede, con lo que tú has sido… ¿A quién buscas? Hijo, cuya Semana Santa no será de calle, sino abrazado a la cruz del sofá y el televisor, porque alguien tendrá que quedarse al cuidado de quien ya no puede salir contigo a ver cofradías. ¿A quién buscas, fotógrafo? Con escalera y chalequillo, a la caza del encuadre perfecto que llevas soñando toda una Cuaresma.

¿A quién buscáis? Costaleros, mientras os fajáis soñando con chicotás de categoría, ¿A quién buscamos? Nazarenos, que nos ponemos la túnica con un ritual de siglos. ¿Y tú, prioste? ¿O tú, secretario? ¿A quién buscas tú, joven, a quien sacar ese cirial va a costarte limpiar más plata que toda la que vino de América? ¿A quién buscas, cofrade? ¿Al Jesús que camina entre la gente, fuerza y poder de una ciudad? ¿o a la excusa que ponemos en nuestra feria de las vanidades? ¿A quién buscas, ciudad de las ciudades?

Está sonando la hora,
vamos, Sevilla, despierta:
la víspera es un recuerdo
y el gozo ya está de vuelta.

Venga, Sevilla, levanta:
ha terminado la espera.
Mira, Sevilla que viene
de nuevo la gloria nueva.
Todo lo que andas buscando
lo tenemos a las puertas.

Déjalo todo y acude,
que viene Dios entre velas,
tu libertad y tu gozo,
tu fortuna y tu riqueza.

Viene la Luz que ilumina
tu oscura noche más negra.
El que vence y pone en fuga
la Soledad que te apresa.

Vamos, Sevilla ¿no oyes?
que ha terminado la vela,
que viene el Señor y quiere
que esté tu lámpara presta.

La alegría de los pobres,
en la noche nuestra Estrella,
la flor en los arriates,
Amor para el alma hueca.
Libertad y Redención
para nuestra vida presa,
Fortaleza, Fe y Salud
de tantas almas enfermas.

Que se preparen las calles,
que nos viene a su manera
entre verdes y tumultos
la Esperanza hecha belleza;
bastión de nuestra batalla,
la Paz para nuestras guerras,
que no se ganan con armas:
la Caridad es su fuerza;
la Humildad es su estandarte:
Silencio como maestra.
Guía de los extraviados,
el Perdón para el que yerra,
Socorro de tus naufragios,
Piedad que no lleva cuentas.

La mano siempre extendida:
Amparo que no te suelta,
enderezando el camino
Conversión de vida nueva.
Patrocinio de mis obras,
Victoria del alma buena,
pabilo para mi hachón,
Refugio de mis flaquezas,
llamador de mi ilusión,
Aurora de vida nueva.

Vamos, Sevilla, que viene,
vamos, Sevilla, sal fuera;
que vas a ver a Dios mismo
caminando en la marea
de cabezas y fervores:
quiere llamar a tu puerta,
quiere quedarse en tu casa,
que es a ti al que se encuentra.

Sal a buscarlo, cofrade
que Dios mismo se te entrega,
para que así con su muerte
tu salvación sea completa;
y al fin, en tu corazón,
en tu vida y en tu espera,
florezca como en Sevilla
una nueva primavera.

2.- DEL HOSANNA HASTA EL TAMARGUILLO

Fue aquí mismo. ¿No lo recuerdas? La ciudad tiene marcadas en sus calles, como cicatrices eternas, la memoria de lo acontecido. Parece que fue un espejismo, como la vida. Pero no, es real, como nuestros sueños. La cera aferrada al pavimento, resistiéndose a abandonar ese eterno beso que se da con la ciudad, o el programa de mano, tan arrugado, dan fe de ello. Nuestra vida queda encerrada en ese programa, joven en el Domingo de Ramos, para llegar, viejo y gastado, al Sábado Santo. Sucedió en Sevilla, y tú lo has vivido tantas veces…

La Híspalis recién salida de las tinieblas del invierno vio una luz grande. Por la puerta de la muralla romana, junto a la calle Cuna, apareció un tumulto, que desembocó en la calle Orfila. Olivos y palmas se agitan al paso de una comitiva blanca, bajita y alegre. Porque ya está brotando el tronco de Jesús, el vástago que retoña de sus raíces.Aquel que nos fue prometido viene sobre una borriquilla enjaezada con un mantolín bordado. Pantocrátor de la Semana Mayor. Sevilla alfombra su paso con claveles rosas y un canasto dorado que cimbrea las campanillas al vaivén de la ilusión del estreno.

Ilusión de niños. Y sus padres. Nazarenos adultos, sin antifaz, vestidos de domingo; sin cirio, pero con carrito, que empujan con paciencia; escoltando la ilusión primera que va vestida de blanco, enseñando desde niños la fe que vivimos en Sevilla. Van padres, madres, titos y abuelas, y el carrito… con más equipamiento que una expedición al Everest… Algunos llevan ellos mismos la varita, el cirio o la palma, mientras el nazarenito duerme en su carro lo que no pudo dormir la noche anterior por los nervios de la espera. Niños que aprenden a ser cofrades y que aprenden las cosas de Dios. Porque quizá ya cada vez les quedan menos ámbitos donde les hablen del Señor de forma tan natural y abierta.

Niños que sueñan con el comienzo. ¿Cuándo empieza la tuya? No con el primer nazareno, sino mucho antes. Con las túnicas colgadas, los imperdibles, los escudos por coser, los espartos en sus bolsas guardados en el armario del gozo. Y cuando se abre es como abrir el cofre del tesoro, como abrir la puerta del salón la mañana de Reyes. La Semana Santa se inicia en los preparativos y termina cuando nos ponemos el antifaz en una especie de apagavelas de la memoria. Domingo de Ramos. Nazarenitos blancos desfilando seriamente, y aprendiendo que el pueblo que se agolpa a la tarde para aclamarlo será quien, pasados los días, al anochecer, cuando su túnica ennegrezca, lo ajusticie colgándolo de un madero. Y todo esto por Amor.

Se acerca la Pascua. Siguiendo las indicaciones del Maestro, se encontraron en la Encarnación a un hombre con un cántaro, y lo siguieron. Bajando por la calle Imagen, torcieron por el Rinconcillo hasta que entró en una casa de la calle Sol. Llegaron y preguntaron al dueño de la casa: “¿Dónde está el aposento donde he de comer la Pascua con mis discípulos?”
“Omnia parata sunt” Todo está preparado. Esta será nuestra fiesta principal. Nuestra Pascua. Y la celebraremos así: la cintura ceñida de esparto o cíngulo, calzados con sandalias, zapatos o descalzos; y un cirio o una cruz en nuestras manos; y andaremos ligero, mirando al frente, sin volver la vista atrás, porque son los días en que recordamos la victoria de nuestro Dios. Y desde la calle Sol, amanecer de nuestra Fe, la alegría del rosa y el oro se ha transformado en la gravedad del rojo sangre y la caoba, pan moreno. Judas, aún en la mesa, en un escorzo imposible, se niega a sí mismo tratando de ocultar en la bolsa el precio de nuestra salvación. El paso se detiene y, al posar los zancos en tierra, se queja crujiendo, como cruje el pan al partirse en nuestras Eucaristías. Haciéndonos uno con Cristo, rezando, como me enseñó mi padre, que, tras recibir la comunión, renunciando a su rato de intimidad con el Señor, me enseñaba a hablar con Dios mismo. Mi padre como cofradía sacramental. Sacramento que nos suena a Sagrario, Magdalena, San Gil, San Ildefonso, San Pedro, Divino Redentor o Corpus Christi. Y Sacramento como cualidad de nuestras cofradías, cirio rojo y penitencia.

Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer;

Alma desamparada y abandonada de Cristo, santifícame.
Cuerpo de Cristo, Varón de Dolores sálvame.
Cristo de la Sangre, embriágame.
Aguas del costado expirante de Cristo, lavadme.
Señor de Pasión, confórtame.
¡Oh, buen Jesús Nazareno!, óyeme.
Dentro de tus cinco llagas, escóndeme.
No permitas que me aparte de Tus Misericordias.
Del enemigo que te alancea, defiéndeme.
En la hora de mi Buena Muerte, llámame.
Y con tus siete palabras mándame ir a Ti
para que con tus santos te alabe
por los siglos de los siglos. Amén.

Del cenáculo salieron hacia el huerto cruzando por la Alfalfa. “¿A quién buscáis?” Soberano Poder, pan blanco de manos abiertas entregado y partido por nosotros. En eso que Judas se adelanta y consuma la traición. Por toda la ciudad van corriendo rumores que nada bueno anuncian. Por Bellavista dicen que Pedro ha sacado una espada y ha herido a un criado, mientras el Señor extiende la mano y pone Salud y Remedio entre naranjos. ¡Ay, que se lo llevan! Por Pino Montano buscan el Amor de su madre para consolarla entre calles estrelladas, mientras sus ojos lo ven maniatado y empujado, fuera del huerto. Por Ciudad Jardín escuchan cruzar la guardia judía camino del palacio del Sumo Sacerdote. Solo queda su Esperanza y una mirada perdida. Sevilla se despereza mientras la noticia corre de puerta en puerta.

Todo ha comenzado ya. Y la urbe no quiere creerlo, y le sigue llamando víspera. Con lo que disfrutamos la vigilia de la fiesta, curiosamente usamos ese mismo término, víspera, con otras connotaciones. Y aquí el término víspera no encaja con la verdad. No hay hermandades de vísperas, son hermandades de realidad. En la ciudad en la que unos pocos soñaron con facer una catedral tan grande que nos tomen por locos, no queremos ver que la catedral se extiende más allá de sus límites. ¿Son solo vísperas las realidades que día a día se muestran en todos los rincones de Sevilla? La mano de las cofradías llega con ellas a donde nunca soñaron y siempre están obligadas. Realidad de parroquias nuevas que expresan la fe en forma de hermandades y cofradías. Porque no todo es el centro. En Torreblanca hay manos cofrades abiertas y acogedoras, o la Cáritas de La Corona, que no solo abraza la cruz Jesús Nazareno, sino en ella al desfavorecido. La asistencia en la Milagrosa y en Padre Pío, Salud, Clemencia y Divina Gracia; o el comedor de Bellavista, donde el Dulce Nombre de María es el mejor postre y le sabe mejor al barrio habiendo comido antes. La apuesta asistencial de Pino Montano, sembrando Amor. Triana con el banco de alimentos; o Alcosa, Divino Perdón con su caridad. Y en San José Obrero, donde son Caridad para los niños y remedio de dolores para los ancianos, ancianos que reciben también Amparo en la Misión.

Y todos juntos, desde la Esperanza, llevando ilusión a niños enfermos del hospital. Dicen que están lejos del centro, que no llegan a la catedral, cuando son ellos los que llevan la catedral a cuestas y meten triunfantes a sus barrios en la Semana Santa, con lo que tienen, con la verdad de la fe nueva. Dicen que están lejos del centro, cuando realmente lo que tienen muy claro es cuál es el centro.

El huerto es un tumulto. Oración, traición y entrega. Todas bajo un olivo, ya sea en Montesión, San Andrés o Santiago. Y ese olivo tiene tres nombres de mujer. Una es el tronco que nos guía, otra es oración, musitando avemarías, y la tercera recuerda la mañana luminosa de Pentecostés.

¿Quién dio al pan forma y candela?
Regla, panadera.

¿Quién es rosa y relicario?
Rosario.

¿Y la madre en quien confío?
Rocío.

Hay un olivo y tres penas
rodeadas de gentío;
son tres madres nazarenas:
Regla, Rosario y Rocío

3.- ANTE LOS SUMOS SACERDOTES

La Gavidia estaba a rebosar. Lo llevan ante Anás. El interrogatorio es bronco. Los testigos se contradicen. El Señor responde seguro. De pronto, una mano servil se alza para golpearle. Una sonora bofetada resuena en la plaza parando los relojes en la revirá de la esquina. El Señor no reacciona con violencia, sino con una pregunta ¿Por qué me pegas?

No te equivoques, sayón, valiente solo ante un hombre maniatado, sin respuesta aceptable ante la Verdad que se te muestra, mansa y firme. No te equivoques, sayón, que, si no contestamos a la multitud de ofensas que recibimos a diario, no es por falta de argumentos. No te equivoques, sayón, porque, aunque tienes delante la verdad de las cosas, eres incapaz de verla. Por eso, sayón, aunque te hartes de ver cofradías, nunca entenderás el misterio que encierran. Me miras y no me entiendes. Estamos por las calles, por las plazas, y no comprendes lo que hacemos. ¿Por qué piensas que somos solo incienso? Tan etéreo y perecedero que asciende a la vez que se deshace, confundiéndose con el cielo. ¿Por qué piensas que somos sentimiento vacío?

Somos música, pasión, color, pero también somos formación, asistencia y amor. Somos manos extendidas, no para golpear, sino para ayudar. Somos lo que te alegra la primavera, pero también somos quienes acompañamos a Iván. Bielorruso, que este año descubrió por vez primera el mar con sus grandes ojos azules. No se llevó para casa ni oro ni plata, sino salud y acogida. No somos solo un orden en la nómina, sino también educación y guarderías del color del Martes Santo. No somos solo parque de María Luisa y tarde de Domingo de Ramos, sino paz y orientación el resto del año para las familias en problemas. Somos sal y somos luz, somos la sonrisa de los niños del Buen Fin, la mirada anciana y acompañada del asilo junto a San Benito, somos el costalero de Jesús Despojado que le hace la ropa al acogido de la Caridad; somos lo que podemos, los que poco, poco, los que mucho, mucho. Somos los que enseñan a Dios en lugares donde nunca han oído hablar de Él.

Somos dignidad. La misma mirada digna de Jesús, cautivo de su miseria, entra cada día por la puerta del economato que las hermandades tienen en el casco antiguo. Allí se reúnen los cofrades, de todo tipo, de todas las hermandades; ahí está lo mejor de las cofradías. Son gente como Yolanda, y otros que con tanto esfuerzo lo llevan adelante. Allí las cruces que cargamos tienen forma de cartón de leche y se abrazan con alegría; allí no hay velas o cirios, sino espaguetis y palos de fregona. Y allí, entre estampas de todas las cofradías, un lema inspirado por el Santo Padre: “La Caridad es la fuerza que cambia el mundo” Y luego dicen que las cofradías estorbamos en la calle.

Ahora bien, cierto es que, a veces, nos pasamos un poco de jartibles. Cuentan que el domingo siguiente al de Resurrección, muy avanzado abril en un año de Semana Santa tardía, la procesión de impedidos del Sagrario avanzaba por las cercanías del Postigo. Un policía cortaba el paso a los vehículos, para dejar pasar el cortejo eucarístico. De un coche se baja una señora, ataviada con terno ya veraniego, pareo, chanclas, gafas de sol en la frente y el coche atestado de elementos playeros. Se baja incrédula, intentando atisbar por detrás del policía qué era aquello que le impedía el paso un domingo tan temprano. Y al ver la procesión de gente tan elegante, alza los brazos al cielo y exclama a viva voz: ¿pero es que no habéis tenido bastante? No, señora no, no hemos tenido bastante. Hoy más que nunca es imprescindible nuestra presencia en las calles, llevando como estandarte la fe y nuestro compromiso cristiano.

No somos perfectos. Cuando salimos de la Gavidia despavoridos tras esa bofetá que nos dan, nos batimos en huida. Al girar por la calle Trajano nos inquiere una señora:

—Tú eres uno de ellos.

Respondemos:

— No sé lo que me dices.

— Tú sales en una cofradía, tú frecuentas los besamanos.

— No sé de qué me hablas, mujer.

— Tú eres de la Junta de esa hermandad, tú…

— Déjame, no me compliques, lo mío es algo puramente cultural.

Y en esa misma calle Trajano nos encontramos de frente la carmelita mirada de la Paz de Nuestro Señor, que nos interpela. Un no que se clava en el alma de Nuestro Señor.

Aunque a veces decir que no es hasta conveniente. Cierto día un buen amigo recibió una llamada de su hermandad. Él frecuentaba los cultos, pero nunca había pertenecido a la junta. El hermano mayor le comunica que ha habido una baja y que quiere contar con él. El hermano, desprevenido, mirando a su mujer en el sofá, se teme lo peor e inventa una excusa. “Es que los niños son pequeños, no tengo tiempo…” a lo que el hermano mayor le responde con una frase incontestable: “No te preocupes, que esto no te va a llevar tiempo alguno. Es muy sencillo, estos son dos ratos a la semana, no tiene mayor complicación”. El incauto acepta y le lanza como escudo protector a su mujer la frase que le ha dicho el hermano mayor: no me va a ocupar apenas tiempo. Luego nuestro amigo se ve sumido en la vorágine de triduos, quinarios, septenarios, besamanos, besapiés, conferencias, papeletas, montajes y desmontajes, ensobrado de boletines y cartas, tómbolas, rifas, convivencias, viacrucis, rosarios de la aurora… Total dos tardes… Dos tardes es lo que termina yendo a su casa. Hay veces que decir que no tiene su valor. Esta ciudad le debe un monumento a esa mente privilegiada que inventó frases del tenor: “esto son solo dos tardes” “voy a la hermandad un momentito y ahora vuelvo”, “esta cofradía se ve en un momento”, “¡Eh! oiga, no se ponga usted ahí, que estamos aquí desde las cuatro”, y esas impagables que ya tienen ustedes preparadas: “ha sido un pregón muy sevillano y un pregón para leer”.

Porque ante nuestras negaciones nos salva la fe, que nos sostiene, aunque caigamos. Y es que “cuando se deja de creer en Dios, enseguida se cree en cualquier cosa”. Ni tan santos, ni tan pecadores. Es la fiesta de la ciudad. Tenemos derecho a vivirla y tenemos las puertas abiertas a todos. Entra y participa, sevillano, y si no lo eres también. Si nos visitas atraído por nuestra belleza, aquí estamos. Si la quieres vivir como algo cultural, adelante. Si la ves como manifestación antropológica, bienvenido. Pero respeta mi Fe. Porque para mí, es Fe. Ni siquiera pretendo que lo entiendas, solo que lo respetes. Si la quieres vivir como espacio de encuentro y distracción, pasa, pero respeta mis formas y maneras. Disfruta de la fiesta, hermano, pasa, pero no pidas que renuncie a mis porqués. Porque yo creo, yo salgo. Sin mi Fe, no saldría, tenlo por seguro. Disfruta de la hermosura, del corazón de la fiesta, pero no comprometas su esencia.

Fracasado el interrogatorio ante Anás, lo llevan al Tardón, ante el Sumo Sacerdote. Cruzamos el río sobre el puente de los ojos grandes, calle San Jacinto abajo. El murmullo de los naranjos anticipa la llegada del cortejo. Al conjuro de Caifás, Jesús del Soberano Poder planta cara y se muestra. Ante la incomprensión, ante el desprecio, tira de todo un barrio para dar respuesta. Ante las dificultades de la vida ¡izquierdo! Ante la soledad y el abandono ¡izquierdo! Ante la duda ¡izquierdo! Aunque Caifás se rasgue las vestiduras y se escandalice, izquierdo con la Fe; aunque no veamos claro el camino a seguir ¡izquierdo por delante con el Señor! Que Él proveerá.

Dicen que la Plaza de San Gonzalo no tiene fuente, y no es verdad: una fachada blanca con espadaña nívea y albero contiene la fuente de la vida, la fuente de la Salud que riega a toda Triana. Fuente “del enfermo, del que llora, del que sufre”.

Salud, nombre luminoso, que añoramos cuando te perdemos y que nos hace pedirte por tantos. Salud, nombre familiar, que en mi casa es alegría de unos ojos jóvenes y llenos de vida. Salud que es blanco manto y malla, estamos en Triana.
El palio de la Salud
no es cerrado, que es de malla
para que la Virgen mire
todo el cielo de Triana.

El mismo cielo que miran
las penas de Dios sentadas
en Domingo de cornetas,
capas y palmas rizadas;
mira Jesús a los cielos,
reza y levanta su cara,
quizás buscando su Estrella,
lucero de sus mañanas:
faro y guía de este barrio,
destello de la sin mancha
que brilla perennemente
entre varales de plata.

Luminarias de la noche
son sus lágrimas trenzadas
cuando sale por el puente
camino de la Campana.

Porque esa misma es la Estrella
que iluminando su espalda
guía a Jesús Nazareno
cargando carey y plata.
Una cruz, que es tan trianera,
tan de tus calles y plazas
como los primeros ojos
que avistaron nueva España.

Cruz primera, embajadora,
en cruzar sobre las barcas
y llevar hasta Sevilla
a la que espera y aguarda.
La del sereno dolor,
la que es Fe y es confianza.
La reina del Altozano,
pues fue en esa misma plaza
donde recibió corona
que la hace soberana
de esta parte de Sevilla,
de la collación y guarda.

Muere el viernes lentamente
en las tejas de la Cava
y nos dicen que no llora,
que tiene su pena intacta,
la que anda sin detenerse
detrás de una muerte larga.
Ella es el balcón y el cielo,
es el aire que le falta;
Patrocinio de mis días,
la novicia de Triana
que va buscando al Cachorro
cuando arquea bien su espalda.

Ese aire de agua y barro,
de jarra, teja y cerámica;
esa brisa que es eterna
y mantiene su alma atada
a las calles de este barrio:
del aliento de Dios, casa.

El hálito se entregó,
Pasión y Muerte lo llaman
y desconsuelo de madre
que añora pisar tus plazas
y pasear por tus calles
para aliviar esa daga
que su muerte le ha clavado
en lo profundo del alma.

Y en la noche de las noches,
una mano ya cansada,
apoyada en una peña
bajo el peso de la carga.
El trianero más antiguo
aferra sus manos santas
a las peñas de su barrio.
Jesús caído resiste
a dejar sola Triana,
que al verlo cruzar el puente
ya sueña con la mañana
y verlo venir de nuevo
trayendo con Él su carga.

En esta noche de ensueño
esperamos la Esperanza.
El sol que sale de noche
con júbilo y petaladas.
El imperio donde nunca,
sea de noche o de mañana,
se pone el sol, porque es Ella,
perpetuo sol, la mirada
que provoca los milagros
y hasta los mudos le hablan,
en este Reino de Dios
que revuelve cuando pasa.
A la Reina de este barrio,
la que gobierna en la calma
de su capilla y su paso;
el hogar de su mirada,
esos ojos tan oscuros
donde cabe mi nostalgia;
donde está toda tu gente,
la presente y la olvidada,
pues en tus ojos, Señora,
dejo el alma arrodillada:
mi ruan y mi oración,
la alegría de las capas,
la promesa y el perdón,
la música y la palabra.

Por eso es claro y seguro
que el color de la esperanza
en Triana no es el verde:
es el que está en su mirada,
el del manto de la noche,
la sombra que vence al alba.

Amanecida del barrio
que con tus manos abarcas
cuando bajas de tu faro
a recibir a tu armada;
la fuerza de la Esperanza,
un barrio entero en batalla.
Pues eres signo y emblema,
mascarón, mástil y barca,
timón, lucernaria y cabo,
faro, guía, rumbo y ancla:
Esperanza de tus hijos
y la gloria de Triana.

4.- SEGÚN PONCIO PILATO

Lo llevan a Pilatos. Jesús Cautivo atraviesa el Parque de María Luisa en un nuevo Lunes Santo. Las dos Torres de la plaza de España le dan jaque al Rey de Reyes. El parque se conmueve con las lágrimas de una madre. Mercedes te llaman. Patrona de los cautivos: sometidos a tus plantas, sujetos a tus varales y sumisos ante tu gracia; presos de tu belleza, penando por verte llorar, encarcelados en la hondura de tu pena; reclusos de tus Mercedes, esperamos la liberación y la redención de nuestra pena, ocho siglos mercedaria.

El primer encuentro con Pilato es en la Torre-blanca. Una escolta de capirotes morados y capas blancas le acompañan entre las casas bajas de un barrio que sabe bien de Dolores y quebrantos. Una revuelta se va formando y un nombre se impone al del nazareno. Aclaman a un tal Barrabás. El procurador duda. Finalmente decide enviarlo a Herodes para que no se le forme un tumulto.

Lo vuelven a trasladar. El Tetrarca desde San Pablo, sale a recibirlo en la Cuesta del Rosario, y Jesús Cautivo y su madre, aunque no se vean, comparten la misma luz verde de sus miradas. El sol les ha perdido de vista; las nubes —blancas como la vestidura de locura que le ponen al Galileo en señal de burla— han cegado la visión del astro rey. Escruta la ciudad hasta que los vuelve a encontrar. Sabía dónde buscar. A través de una ventana, en San Juan de la Palma, donde habita Herodes.

Allí se encuentra con los romanos que empujan con desdén a un Jesús que calla. Sale la Amargura y con ella la Semana Santa. Hilada de nazarenos blancos que recorren las calles de la ciudad como sangre que recorre sus venas, dando vida. La cruz de guía es la aguja que, enhebrada por los nazarenos, va cosiendo las calles de nuestra memoria, uniendo Semanas Santas de ayer, hoy y mañana. Es Semana Santa porque ha salido la Amargura. Memoria y reencuentro.

Y la calle se llena de miradas cabales, no es una bulla impersonal. Cofrades ansiosos de escuchar el crujir de los goznes de la puerta del cielo, que cada Domingo de Ramos se abre dejando ver una marea de tocas blancas, hijas de Madre Angelita. Porque son los ángeles de la guarda de esta ciudad los que le cantan. Puerta del cielo que nos congrega: Alfonso, Manu, Alberto, Vicente, con alguno de sus hijos, y tantos otros… Marcha la madre detrás del hijo, repudiado por Herodes y tratado por loco. Blanca vestidura que ilumina la noche y los ojos más tristes de Sevilla pasan junto a San Juan. Ahí estamos nosotros consolándola. ¿O es Ella la que nos consuela? Su mirada y su llanto son dolor y son pregunta. Ya no hay ángel que le anuncie promesas de gloria santa, solo San Juan que no acierta a contener su Amargura.

Han vuelto a dominios de Pilato, que decide castigarle. Por la Plaza del Triunfo resuenan los latigazos camino de los Remedios y el enlosado se llena de flores rojo sangre. Carne y sangre se ofrendan en sacrificio cruento y una cara blanca, pálida, de la que se adueña el dolor, cruza la Puerta de Jerez. Es la última cigarrera. La que no necesita fábrica para seguir trabajando. Victoria blanca de Dios y púrpura, como las ropas recogidas del suelo por las propias manos del Maestro. Virgen blanca, como las hojillas del librillo del papel de fumar de nuestros mayores: blanca, fina y transparente.

Victoria blanca de Dios,
de mi barrio la primera,
la Virgen entre las Vírgenes,
nuestra vecina más bella.
Eres Fe del caballero,
su soñada Dulcinea,
ideal al que servir,
la más delicada alteza.
Eres sueño y el recuerdo
de fábrica tabaquera:
que en sus pasillos y estancias
y su capilla pequeña
reina la melancolía,
la morriña entre sus piedras
que te recuerdan y añoran
tu presencia entre sus verjas;
tu mirada y tu consuelo
entre talleres y prensas
y tus manos laboriosas
de operarias de leyenda
que encontraban en tus ojos
a sus problemas respuesta.
Eres calma, eres camino
de nuestras almas viajeras,
consuelo de colegiales
que desde niños te rezan,
corazones infantiles
que piden que los sostengas.
Te sueñan todos tus hijos
portando real presea
de majestad soberana
coronada por estrellas,
aunque ya todos te tienen
por Señora y Reina nuestra;
la más hermosa figura,
toda blanca en la tiniebla,
real por derecho propio,
gobierno de nuestras vidas:
Virgen hermosa y blanca
Madre nuestra, Cigarrera.

Sigue el escarnio: Coronado de espinas, en la anochecida del Jueves Santo va por Cuna, transitando el Valle de Lágrimas de su pasión, Valle verde de unos ojos que lloran desde siempre, consuelo de nuestras almas, un anticipo del cielo, Valle verde, nazarena.

Cristo es burlado entre capirotes azul celeste por la Puerta de Carmona. ¡Salud, Rey de la ventana! Su trono, el poyete desde el que ve pasar la vida y a Sevilla entera, que se afana en el día a día sin reparar en su divina presencia. A su lado, la madre de los Desamparados tinta de azules el Martes Santo. Su manto ―hecho puntada a puntada de la fe de sus hermanas― ampara a los que no tienen nada.

Cuando se reencuentran, Pilato se sorprende del estado del nazareno y decide mostrarlo al pueblo congregado en la Calzada. Quizá así se conmuevan y le dejen liberarlo. Los caños de Carmona no pierden detalle. “Ecce Homo” He aquí el hombre. La gente congregada no tiene alma, y le devuelve la apuesta con un recio ¡crucifícale! El pueblo ofrece en pago al Hijo de Dios. Nosotros también formamos parte de esa masa. Cofradías que se niegan a sí mismas en honor al César. Dejamos de ser lo que somos para adoptar otros roles. Cuando nos negamos a nosotros, entregamos lo mejor que tenemos, a Cristo mismo.

Solo la negación de uno mismo, para el servicio a los demás, nos devolverá a ese rey. Como nuestra madre de la Encarnación, reina de la Calzada, buena vecina que visita a sus compañeras de casa en su residencia cercana. Pero no entra como reina. Se despoja de su corona y la entrega a la superiora. Entra como madre de Dolores, como luz de la Gracia que por una noche habitará con ellos en el corazón de la casa. Sin corona cruza la puerta, casi a ras de suelo, buscando cara a cara, ojos cansados que alegrar con la luz de su Encarnación.

Poncio Pilato hace un aparte con el Nazareno, que guarda silencio. El romano le reprocha su mutismo. No entiende nada. Y le hace la pregunta que traspasa el tiempo. La que todos nos seguimos haciendo, la pregunta sin respuesta. ¿Qué es la verdad?

La verdad está en nuestro corazón, cada uno la sabe. Por eso nuestra Semana Santa no puede explicarse con palabras. Muchos están dispuestos a hacer lo que sea con tal de formar parte de ella. Costaleros que hacen kilómetros en coche o incluso avión para llegar a ensayos; interminables horas que emplean nuestras bandas, con frío y agua, calentándonos el corazón cuando pasamos junto a ellos; o como esa locura que tú hiciste, tú lo sabes, por llegar, por estar. Es devoción y fe. Como la de aquel hombre. Permíteme que me reserve su nombre.

Era de San Benito. Mayordomo en los primeros años cincuenta. Por su trabajo fue a Madrid un Viernes de Dolores. La gestión se le complica y tiene que permanecer en la capital hasta el lunes. Cuando termina, intenta coger un tren que le devuelva a Sevilla a tiempo para llegar el Martes Santo. Las comunicaciones eran escasas en aquella época. No hay billetes en el expreso de Andalucía. No hay otro medio de transporte posible. Se desespera. Contacta con un amigo suyo, comisario de policía, por si conoce alguna forma de volver. La había: ir en el vagón de los presos que van camino del penal del Puerto. Pero ha de ir como un preso más: esposado y bajo la custodia de la Guardia Civil. En Sevilla lo reclamaría otro comisario y le daría la libertad. Así fue. Aquel hombre subió esposado, cruzó la noche cautivo en aquel tren camino de la Calzada, rezando porque por la mañana alguien estuviera en la estación para reclamarlo. Como un preso viaja con tal de llegar a tiempo a acompañar a su Cristo, al que tantas veces rezó cautivo. A la mañana siguiente, el comisario estaba en la estación. Ante la curiosidad de los presentes, el preso bajó del tren, le quitaron las esposas, y cruzó con el comisario a tomar café al bar de la estación. Cuentan que el comisario pagó ese café. Esa es la verdad, esa es nuestra verdad.

La situación no puede alargarse más. Pilato se lava las manos, en gesto hipócrita. Está optando por su carrera. Ibis in crucem, irás a la Cruz. El sayón proclama la sentencia mientras la mirada serena y perdida del Cristo Macareno aguarda. Pero hay un gesto que lo delata. Su mano izquierda, acurrucada bajo la mano derecha, atadas ambas, se levanta y te busca, como si quisiera seguir bendiciendo. Su mano es la bendición del barrio, su caricia. Manos atadas, pero su guardia llega por Él donde haga falta. Armaos que recorren hospitales sembrando de alegría el Jueves Santo, y llevando la Esperanza al mismo campo de batalla donde es puesta en peligro.

Mi hijo Antonio nació una tarde del Miércoles Santo, mientras la Virgen del Refugio entraba en Campana. Mi hijo entraba en la vida con la misma ilusión que un nazareno de San Bernardo. Cuando el Jueves Santo por la tarde volví a su habitación encontré a mi mujer alterada. “No te vas a creer lo que ha pasado”. Yo, alarmado: “¿Le ha pasado algo al niño? Mi mujer me contó que habían venido los armaos a la planta. De las habitaciones entraban y salían romanos, y con ellos fe, esperanza e ilusión. Un armao se acercó a la cuna de nuestro niño y le dejó dos estampas. Debió de verlo regularcito, porque le dijo a mi mujer “que haya mejoría, señora”. Al lado de la cabecita de mi niño había dos estampas, una con el perfil de la reina de las mariquillas, y otra con la mano izquierda de Jesús de la Sentencia avanzando hacia mi hijo en señal de bendición. Nada malo podía ya pasarle.

Y Ella. Se entra a verla por un arco. Cernuda dijo: “Para un andaluz, la felicidad aguarda siempre tras un arco”; pues para el sevillano es la Esperanza la que habita tras el arco.

No me hace falta mirarte, pues te conozco de memoria. Te vivo y te añoro, te recuerdo y te sueño. Te veo en tu camarín o cuando bajas a recibir la devoción de los tuyos, en tu paso o en tu casa un día cualquiera de verano. Conozco tu mirada, tu boca entreabierta, tu ceño casi fruncido, tus finas cejas, y tus cinco lágrimas, que al caer sobre tu pecho florecen en otras tantas esmeraldas verdes.

Te recuerdo como aquel día, milagro de ensueño. Era ya al mediodía. Los rayos del sol te arropaban como no queriendo dejarte. Llegabas a la embocadura de la Plaza de España y cruzando la ría, empezaron a sonar sus notas. Nuestros recuerdos dieron un vuelco. Tus manos sostenían unas flores blancas, y salías majestuosa, bella, excelsa y reina. Eras la definición del compás y la elegancia, y un pellizco a nuestro corazón peregrino.

Música compuesta sobre el mármol frío de un café, que es capaz de calentar nuestras almas. Música que ha acompañado tantos recuerdos, soledades y nostalgias, siempre, siempre todas sembradas de Esperanza. Música de nombre dulce, como el recuerdo de la Esperanza, música con sonidos de Estrellita Castro o Concha Piquer, música que nos habla de los que te quieren y de los que te perdieron, de los que fueron, son y están. Música del alejado, del que te añora en la distancia, música del que te tiene en su cabecera como único consuelo, música del que te lleva en el corazón porque no puede verte a diario. Música del emigrante, del enfermo, del que ya no espera nada de la vida, y del que cuenta las horas para volver a ver tu cara. Música del que suspira por ti, Macarena.

Quiso Dios, con su poder,
fundir cuatro rayitos de sol
y hacer con ellos una mujer.
Y al cumplir su voluntad,
la Esperanza floreció
como flor en el rosal.

Dentro del alma te llevaré.
Y si algún día te llego a perder
de pena suspire mi corazón.

Virgen hermosa de mi querer,
Madre gloriosa, para ti mi fervor.
Mi alma pone una flor a tus pies,
suspira mi corazón.

¡Ay de mí! ¡Pena mortal!,
cuando me alejo, Madre, de ti.
¿Por qué me arrancan de mi rosal?
¡Ay, Madre mía!
¡Ay! ¡Quién pudiera
ser luz del día
y al rayar la amanecida
junto a tu paso volver.

Mis oraciones
han renacido
del firmamento,
corazón mío,
y sobre tu manto
como gotas de rocío
las dejo caer.

En mi soledad
suspiro por ti:
Esperanza, sin ti muero,
Macarena, sol, lucero.

En mi corazón
te llevo metida
y el eco de mi canción llevará
Macarena en un suspiro.

Tomo prestada la voz de aquel viejo capataz, Miguel Loreto, que, en sus últimos días, junto a los predilectos de Mañara, nunca dejaba de darte una estampa de la Esperanza, a la que nunca perdió de vista, porque madrugada a madrugada, se dejó llenar de Dios. Como él decía a sus costaleros: “Si después de lo de esta noche no veis a Dios, es que son ustedes ciegos”. Miremos, y veamos también.
¿Qué es para ti la Esperanza?
No me respondas, espera.
Déjame que te lo cuente
con una historia pequeña.
Vuelve la Virgen a casa,
la mañana está dispuesta,
abrazando ya las calles,
en que todo sabe a nuevo
y el nuevo día se estrena.
Viene la Virgen despacio,
una de sus marchas suena,
y asomada en el balcón
allí la espera una abuela.
Llega ya el primer varal
y ella mirando muy quieta
mientras la Virgen despacio
va pasando muy, muy cerca.
Ella no cambia el semblante
mientras sus manos se aferran
al retrato que en su pecho
mira con mirada eterna:
Es el amor de su vida
que ve la Virgen con ella
como solían hacerlo
hace tantas primaveras.
En sus ojos ya no hay llanto,
pero vive la tristeza,
aunque no falta a esta cita
agarrándose con fuerza
a su amor y su memoria;
que es pañuelo de sus penas
la Virgen de la Esperanza,
y ayuda para la ausencia.
Es la luz en el camino
que te orienta entre la niebla
de la duda y del vacío
y que te agarra con fuerza
cuando crees que ya no puedes
ni vencer a tu tristeza.

Eres anhelo y afán
y la fórmula secreta
de nuestra felicidad
que en tu cara se completa.

Cuando hablo de Esperanza
mi alma de ti se acuerda:
Esperanza de mi vida,
que en ti se colma y se llena,
Esperanza de mi gente,
Fe de mi familia entera,
Esperanza de mi ser,
sostén hasta que me muera;
Esperanza de mis padres,
Esperanza siempre nueva:
la de mi abuela Esperanza,
la de mis hijos, la nuestra.
No nos dejes de tu mano,
Esperanza Macarena.

5.- VIA CRUCIS

La suerte está echada. Tras deambular de tribunal en tribunal, el Dulcísimo Nazareno, solo en el atrio de San Antonio Abad, abraza la Santa Cruz. “Mis caminos no son vuestros caminos” Porque las cruces no se eligen, se abrazan.

Sufriendo, Jesús mío,
y a fuerza de dolor
diste la gloria eterna
al pobre pecador.

El silencio de Sevilla es negro. Río azabache de fe que escolta al pescador. En su barca viene, faenando, a deshora de la noche. Sus manos toman el mástil carey y plata de su galeón. Fagot y oboe, sirena de aviso a navegantes. Silencio al paso de Jesús Nazareno. Silencio en la mirada, buscando almas para su bajel. Pescador de hombres. Como aquel niño.

El pequeño paje de la Santa Cruz, abría las aguas de la multitud en la noche vestida de azahar y lirio. Noche de capirotes largos y crepitar de cirios. De andar ligero y serio. Noche de miradas perdidas en el infinito. Saetas que quedan prendidas de una cruz que se abre paso escoltada por su diputado y dos pajes. Los niños buscan el abrigo del fiscal que extiende sus brazos sobre sus pequeños hombros, arropándolos, con el mismo abrazo de Jesús Nazareno. Dios ha salido de pesca, y se ha fijado en el pequeño paje que avanza en la oscuridad. Ese mismo niño con nombre familiar, fue creciendo protegido por el abrazo de Jesús Nazareno, y ahora florece en el jardín de las vocaciones. La luz de Jesús Nazareno en su mirada. Vocación trabajada entre cirios y candelerías. Como tantos antes que él, que desde las cofradías han dicho sí a su vocación, sí al servicio sacerdotal, y dejándolo todo le han seguido. Porque las cofradías en Sevilla son vivero de la Iglesia, lanzaderas de fe nueva que se recoge en el fruto del servicio. Porque a Dios se llega también desde el silencio.

Abriste el camino que siguieron las demás, y es momento de dar gloria a los que nos antecedieron. Por tantas cosas la primera. Por tantas cosas Semana Santa. Por las cinco cruces, por el voto de sangre, por las saetas, por el rito y la regla; por los chasquidos del canastilla. Por las túnicas antiguas moradas, por el ruan y el esparto, por la cruz abrazada, por el fagot y el oboe, por la primera madrugada. Por la Santa Cruz de madera, y sus cuatro cruces de plata; por la Archicofradía, por San Antonio María Claret, por Mateo Alemán, por Tomás Pérez y por Bandarán. Por las familias antiguas y por los que vienen por sí mismos. Por los antoninos, por la bandera blanca, la espada y el cirio. Por la librea y los sediarii, por el azahar, por los lirios morados, por los faroles del paso, por la catedral de San Marcos en las calles de Sevilla. Por las varas de madera, por la estación al monumento, por las cinco cruces omnipresentes. Por el fervorín bajo las estrellas, por el compás de San Antonio Abad, por la lista de la cofradía recitada, por el “está” del nazareno. Por el tiempo y la memoria, por el gloria nazarenorum, por los bordados de Olmo, por las maniguetas octogonales, por el orden y la forma, por los pajes, por la plata y el carey, por el nazareno que ni te mira, ni se vuelve; por el sigilo y la quietud, por los cirios que se levantan en orden, por los nazarenos de cola al brazo, por el cortejo litúrgico. Por los que fueron, son y serán. Por el Silencio.

Por eso, cada vez que un nazareno se coloca el antifaz, cada vez que un penitente abraza su cruz y ocupa su lugar en la fila, cada vez que un capirote apunte al cielo, cada vez que besemos la medalla y nos la pongamos para hacer estación de penitencia, en cualquier esquina de Sevilla, con ese sencillo gesto de vestir la túnica, el costal o la dalmática, un eco recorre la ciudad y nos lleva a esa primera madrugada de seguimiento a Jesús Nazareno, y un solo grito responde ¡Gloria a todos los nazarenos de todas las cofradías de Sevilla! ¡Gloria a Jesús Nazareno! ¡Gloria a su bendita madre de la Concepción! ¡Gloria a la Santa Cruz de Jerusalén! ¡Gloria a la Hermandad del Silencio! y ¡Gloria eterna a los Primitivos Nazarenos de Sevilla!

LA MADRUGÁ

Comienza la noche de las noches, en que nace la primavera y en la que se regenera el alma. Rosa con grandes espinas ¿qué hacemos con la madrugada?

Permíteme que me dirija a ti. No te conozco, pero sé que me escuchas. Te llamas como mi hija mayor, Macarena. Sé que el año pasado, junto a tu madre, ese mar de tranquilidad que acompaña tu vida, estrenabais ilusiones y túnica delante de tu Esperanza. No pudisteis acabar. Las lágrimas, tras la estampida, os llevaron de camino a casa antes de lo previsto. Sin ganas de nada, desencantadas y asustadas, con vuestra ilusión truncada por una avalancha que nadie sabe de dónde vino, ni a dónde fue. Pero sí sabemos que se llevó muchas cosas nuestras. Te habían contado la belleza de esa noche, la alegría de los capirotes verdes apuntando al cielo sus oraciones. De vivir la noche más hermosa que pueda imaginarse. Toda esa promesa desapareció de golpe. Aún te dura el desencanto, y me cuenta tu madre que no quieres volver a salir. Por eso, te pido ahora que le des una nueva oportunidad a tu corazón. Alzo ahora mi voz, por ti y por tantos como tú que aún tienen dudas.

Por eso me permito tomar la palabra y a modo de Bando, con la venia del Sr. Alcalde, llamar a todos los sevillanos. Con esa llamada de los capataces viejos, usando las palabras exactas para llamar al corazón.

¡Sevillanos! La madrugá está en peligro. Salid a defender un tesoro que es de todos y no pertenece a nadie, sino a aquellos que tomarán nuestro cirio una vez que faltemos. Salgamos a las calles y acompañemos a nuestras devociones, precisamente ahora.

Vivimos en el mismo mundo donde hermanos nuestros, por llamarse nazarenos, son perseguidos y ofrecen su vida con fe inquebrantable. ¿Nos vamos a quedar nosotros en casa por miedo o prudencia?

Esta es una fiesta grande, fiesta de Fe y compromiso. Superamos la peste, la fiebre amarilla y la invasión francesa. Prevalecimos ante el anticlericalismo y la desaparición de hermandades. Vinieron guerras, persecuciones, crisis de todo tipo, y ahí nos mantenemos portando el estandarte de la fe de esta ciudad. Unas carreras y la mala educación no nos pueden derrotar. ¿Nuestras armas? La fe y la devoción, filas pobladas de nazarenos y cirios bien arriba. No esperemos a que nadie lo haga por nosotros. Recuperemos la reverencia sagrada que requieren las que son imágenes de Dios mismo visitando nuestras calles; y a Dios no se le puede recibir bebiendo y comiendo y faltando al respeto y a la sana convivencia de todos. Exijamos como ciudadanos seguridad y tener la fiesta en paz, pero no nos retiremos y dejemos el espacio a quien no quiere vernos por las calles, por los motivos que sean.

Sevillano, no desertes, Dios te llama a tomar el cirio, o la cruz o la insignia y seguir en pos de Él ¿en esta noche decisiva le vas a dejar solo? No dejes tu hueco vacío. El Señor va a volver a entregarse en noche de antorchas, cruces y vilezas.

Sevillanos, cofrades, Tomad las calles y la fiesta en vuestras manos, sed dueños de vuestro destino y de vuestros miedos. ¡Sevillano, toma las calles, que el Señor sale a buscarte, y has de encontrarte con Él!

Yo estaré. Estaré con mis hermanos nazarenos, delante de María Santísima de la Concepción; mis primos y sobrinos con su Gran Poder, Paquito estará con la Esperanza, alguno de los Sagrados Corazones junto a su Cristo del Calvario; Micki, Manolo, en Triana por supuesto; Rafa con su cámara a la salida de la catedral; Emilio en los Gitanos. Juan, Ñete, Lutgardo y Merche en las sillas, otros tantos buscando calles donde pegarle pellizcos a la memoria del tiempo. No dejemos solo al Señor en la noche de su Pasión. Porque esta noche es distinta a las demás. Y por eso, mis hijas, tienen nombre de Madrugada.

Porque de la madrugada
sale el nombre de mis hijas.
La mayor es Macarena
y en sus ojos la alegría
es reflejo de Esperanza,
de dulzura y nueva vida,
de legión de capirotes
que al barullo y entre vivas
nos traen la madre de Dios,
la de la verde sonrisa.
Luego viene la pequeña,
su primer nombre, María,
y el celeste de sus ojos
y su pureza de niña
nos hablan de Concepción,
del pecado la enemiga,
la que en su paso de plata
camina siempre con prisa
siguiendo a Jesús Nazareno,
cruzando la noche fría.

Porque de la madrugada
sale el nombre de mis hijas.
Noche que no hay otra igual
y es que esta noche es distinta,
es la noche de la Fe,
de la religión vivida,
la noche en que una zancada
convierte la sombra en día;
la noche del nazareno
que, en hermandad, de rodillas,
se rinde ante el Sacramento,
rezándole al pan de vida.
Noche de las Esperanzas
del fervor y la alegría.
Porque esta es la mejor noche
que nos alienta e inspira,
la noche en que Cristo muere
y espera la amanecida,
velado entre cuatro hachones.

Porque esta noche es la noche
del nazareno que mira
y buscando va en la bulla
aquella oveja perdida.
Nazareno de carey
o Gran Poder que camina,
siempre abrazado al madero
o la Salud entre espinas:
el nazareno de bronce,
el rey de la amanecida.
Esta es la noche de Dios
que tropieza en su caída
y que vuelve a levantarse;
es la noche que rendida
a unas manos prisioneras,
a una mirada sumisa
va escuchando la sentencia
y el temblor de mariquillas.
Cofrade, sal a la calle
a curarte tus heridas,
que sale el Señor a verte
en una noche distinta.
Cofrade, sal a la calle
con fervor y valentía.
Porque esta noche es la noche,
la noche definitiva,
en la que verás a Dios
por las calles de Sevilla.

Jesús inicia el camino del Calvario. Suenan las cornetas y los sayones, desde el domingo de palmas, elevan la cruz para ponerla sobre los hombros de Jesús de la Victoria, que mira al cielo buscando la fuerza que le hace falta. Rojo sangre de su túnica que busca blancos capirotes y blanca malla de una Paz que ahora nos parece un sueño.

Jesús carga con la cruz. La calle Cuna, nuestra vía dolorosa, se abraza al canasto de plata. Es la nostalgia de una calle que, en las largas y vacías tardes de estío, rebusca entre sus entrañas esa gota de cera perdida que le recuerde que no fue un sueño. Que los pies de Dios en Sevilla, los costaleros del Señor de Pasión, acariciaron sus adoquines llevando al Buen Pastor. Mírale y veras que tú formas parte de la cruz que carga pesadamente. Porque nuestras imágenes no son de madera, son de la materia de la que están hechos los sueños. Porque, Jesús de la Pasión, no puedes ser de madera. Si no ¿por qué cuando te veo se me encoge el alma?

Tú eres el Buen Pastor que lo has dejado todo para, en tu canasto de plata, salir a buscarme y traerme de vuelta. Pasión es mi Pastor, nada me falta. Desde entonces en la pradera calmada de tu capilla me recuesto tranquilo. Tu mirada es agua serena que mi alma sosiega y le da nuevas fuerzas. Tú me llevas por caminos rectos y aunque la vida me conduzca por valles oscuros, nada temo, porque el reflejo de tu plata me recuerda que siempre estás conmigo. Tu cruz al hombro me hace confiar. Porque en ella me llevas y llevas a los míos.

Tu bondad y tu amor me acompañan, a lo largo de mis días, junto a ti he de vivir siempre. Y seguiré en tu camino ¿A dónde podré ir si no es en pos de ti? Me has agarrado por las solapas de mi Fe y has cargado conmigo cuando estaba perdido. Seguiré tras de ti, desde la duda y el miedo, confortándome en tu mirada, cautivo liberado por la Merced de tu amor. Y seguiré tu camino, Pasión de Sevilla.

Vencida la madrugada, Jesús de la Salud remonta la Cuesta del Bacalao, en una chicotá eternamente gitana. Capirotes morados se arremolinan delante del paso y acompañan el andar dorado del Rey de la mañana, a los sones de corneta que alientan a los costaleros, mientras el paso abraza los dos lados de la calle, a la vez que la perfección de la verticalidad del nazareno mantiene todo en su justo orden. Es Jesús de la Salud, río desbordado que anega Sevilla entre una masa humana que intenta rozar su túnica. Salud para tantas vidas salvadas por aferrarse al Cristo de bronce. Salud y consuelo de tantas Angustias e ilusiones truncadas que siempre vuelven a esa mañana de viernes; vuelven para tener sentido en un canasto dorado remontando la cuesta de la vida, de un tirón, como la gente con coraje, amparados en el manto azul angustias de su mirada morena.

Salud, que lleva abrazada la cruz desde San Nicolás llevando el mejor remedio para las noches oscuras del alma: la candela de luz de su Madre, alegría del Martes Santo; o repartiendo Misericordias desde San Vicente. En la Plaza del Rialto, Perejil le canta eternamente a Nuestro Padre Jesús de las Penas, que avanza empujado por la Gracia y Esperanza de la madre que quiere llegar a verlo entre reflejos de plata. Plata trabajada por manos jóvenes, en largas tardes de priostía y hermandad. Ángeles jóvenes de la guarda de sus hermandades, da igual sus nombres, que dan lo mejor de sí para que todo luzca esplendoroso. Me acuerdo de los míos, en mis años eran David, Pablo, Inma, Juanma, Miguel, Álvaro o Juan, entre muchos, pero están en todas. Ahora son Félix, Eduardos, Manueles, Curros, Juanes, Migueles, Antonios, Ignacios, Cristinas, Victorias, Mari Paz, Gonzalos, Fedes, cada uno en su hermandad conoce sus nombres y su perseverancia. No son el futuro, son una realidad. Honor a los jóvenes de Sevilla y a su labor todos los días del año por nuestras hermandades.

En su camino, el Señor por las calles de Heliópolis se encuentra con las Santas Mujeres, buscando Amparo en el Inmaculado corazón de su madre, como en la calle Laraña, Cristo con la Cruz al hombro que extiende su mano hacia la Santa Mujer Verónica.

El camino es duro y cae Jesús tres veces, la primera en San Vicente, atrapado bajo el peso de la cruz. No sabemos si son más grandes sus penas o los señoriales dolores de la madre, que no acierta a encontrar a nadie que le ayude a levantarse. Avanza el Señor y cae en la Costanilla, entre cardos y rumores de muerte en un Viernes Santo vencido. Ya con cirineo que misericordiosamente le ayuda a cargar con la cruz. Y cae también en Triana. Un Cristo, que ahora reencuentro nuevo, como lo recordaba de nuestros años primeros. De los años de ver las cofradías dos veces, de no parar por casa, años jartibles, de cuando ni se había inventado esta palabra, de bebernos la Semana Santa de un buche, como si no hubiera mañana. Años de pelearse por quién se llevaba el programa de ABC, de una parada en el Dulio de la calle Velázquez a reponer fuerzas, de aprender con el Gutiérrez, o los anales de Juan Carrero, o con el especial del Correo de Andalucía del Viernes de Dolores. Del cartel de la Caja San Fernando en las paradas de autobús, de las cintas de Pasarela con marchas clásicas, años en que reinaba el clavel. Años de juventud que forjaron nuestro hoy. Años en que se apoya nuestra vida como la mano del Cristo trianero se apoya en la peña para volver a levantarse.

¿Y dónde está Dios? “Dios es un lujo que no me puedo permitir” Una frase nacida de corazones desesperados que ya ni encuentran en la Fe un remedio para su males. Por eso Dios sale siempre a su encuentro. Por eso el valor de salir a las calles, porque no sabemos a quién va buscando el Señor.

Todavía recuerdo esa mañana de otoño. ¿Quién es este capaz de transformar una mañana de noviembre en primavera anticipada? El sol se había quedado esos días, ansioso para ver al Señor, que le rehúye cada madrugada de Viernes Santo, cuando no sabemos si llegará antes el primer rayo de sol a la ciudad o el Gran Poder a San Lorenzo. Pero este día era distinto. Le habían asegurado que sus rayos podrían besar su rostro. Y así fue, el sol se encontró con Él en el abrazo de su espalda. Estaba tan feliz y a gusto que le pareció soñar los sones de Ione mientras el Señor avanzaba muy despacio por entre la plaza repleta de almas. Los árboles cesaron en su murmullo, el viento se paró para escuchar este milagro al que solo importunaban algunos pájaros y las doce campanadas del reloj del Ayuntamiento que dejaban testimonio de la hora. No era la música, no era la luz, era el Señor. Jesús del Gran Poder, el Dios de Sevilla, el que todo lo tiene y nada lleva. ¡Oh sol! Recorriste esos pies descalzos, llagados de tantos besos desesperados, esa rodilla que avanza, ese talón que se ofrece, esas manos fuertes que tiran, esa cabeza inclinada. Esa espina de leyenda que atraviesa su ceja. La espina de la que nos hablaba mi abuela, a mi primo y a mí, para distraernos esas madrugadas en las que por nuestra edad aún no podíamos salir a la calle. Desde entonces el sol no es el mismo. ¿Quién es este que es capaz de conseguir que sol tenga nostalgia de noviembres?

El Señor camina sobre el mar de cabezas. Y pasa ante ti y es como la vida, imposible aprehenderla, una quimera entenderla. Si se para ante ti, eso que ganas. Ese mismo Señor que hoy contemplas pasó por delante de tus padres y abuelos y tatarabuelos, escribiendo tu historia, nuestra historia. Guardián privilegiado de la ciudad, porque “Si el Señor no guarda la ciudad en vano vigilan los centinelas”

Oh Jesús del Gran Poder,
para Ti no hay imposible.
El Señor de nuestros padres,
del beato y del humilde,
paladín de los vencidos,
consuelo para los tristes,
libertad del oprimido,
salvación de nuestra estirpe.

Oh Jesús del Gran Poder,
para Ti no hay imposible.
Eres luz de nuestros viernes,
la imagen de Dios tangible.
Eres el Dios desatado
que avanza con paso firme
arrastrando tras de Ti
nuestras penas y sentires.

Oh Jesús del Gran Poder,
para Ti no hay imposible.
Eres pena y redención
de almas que sueñan ser libres;
eres la flor que renace
temprana en nuestros jardines;
eres lamento y gemido,
eres memoria de abriles,
de noches tras de tus pasos
de recuerdos juveniles.
Epifanía de Dios,
luz eterna sin eclipse.
Oh Jesús del Gran Poder,
para Ti no hay imposible.

El Señor de las estampas,
de azulejo en la pared,
el de la medalla al cuello,
el que me ha visto crecer.
Salud en los hospitales,
en los tanatorios fe,
luminaria de lo oscuro
cuando no puedes creer
porque, aunque dejes de verlo,
permanece siempre fiel
esperando tu visita
cualquier viernes, cualquier mes.
Redención de las mujeres
que te imploraban merced
en los versos de Mantero:
sin dolor, pero con fe.

Todos te buscan, Señor,
todos tienen sus porqués.
Recuerdo ver una estampa
─blanco y negro y de papel─
una foto del Señor
y una confesión de Fe
de la mano de mi madre
que me hace estremecer
cuando leo en el reverso
“Tu nombre es el Gran Poder,
nunca te podré olvidar
y ya sabes el porqué”.

6.- SEVILLA ES UN CALVARIO

Sevilla es un gran Calvario, que empieza en la Magdalena y llega hasta el Prado. Por Molviedro los Dolores de la madre nos cuentan que Jesús Despojado se prepara para el sacrificio. Esa tarde, por la calle Sol repleta, Cristo aguarda en su Humildad y Paciencia, abatido y en oración. Amanece la semana ¿o estamos quizá en el ocaso? Porque anochecido el Sábado, esa misma postura la vemos en la muerte vencida, canina derrotada por la propia muerte. Cristo sedente de espalda ennegrecida, mismas heridas que otras espaldas de hoy, mojadas y ahogadas en el mar o negras por el paso de la pólvora. Un murmullo recorre San Jacinto mientras Jesús alza los ojos mirando a su Estrella. Por Santa Catalina cuentan que, al alzar su cruz, se rompió el cielo en mil pedazos, relincho de caballos, cuerdas tensas, y la cruz plantada en un monte regado por las lágrimas de María.

Llega el Evangelio de la palabra. Siete fueron las palabras pronunciadas en el Calvario. Por San Vicente, Cristo no encuentra otra que la del perdón: “Padre, perdónalos.” Por eso su muerte es venerada como buena en San Julián, porque es misericordiosa.

El buen ladrón se convierte bajo el cielo de la Magdalena. Cristo muestra el camino. Ni en los peores momentos podemos renunciar a llevar hermanos a Dios, no con palabras, sino con el mejor ejemplo. Conversión del buen ladrón, modelo para nuestras hermandades. No hacen falta programas pasajeros. Hace falta conversión de almas nuevas. Para eso fuimos, somos y seremos. “En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso”

Y el paraíso son los ojos morenos de la Virgen de Montserrat. ¿Habrá algo más sevillano? Tu crestería es fuerte como las murallas del Alcázar, grácil como la turris fortissima, argéntea como las espumas del río batiendo contra la orilla. Eres sevillana, como la luz del Viernes Santo que se refleja en tu cara; sevillana es la brisa que intenta secar tus lágrimas y que se hace pañuelo entre tus manos. Da igual quién las haya hecho, porque son tus manos, Madre, manos sevillanas que acarician la plaza, cuando ya de recogida, vencida la noche santa, quedas sola en tu capilla, contemplando cómo tu hijo salva una vida perdida. ¿Se puede ser más sevillana que la madre de la Conversión? No nos dejes, Madre mía, ni apartes tu mirada de tu gente y de tu pueblo, pues quien te mira a los ojos convierte su alma y su vida. Montserrat es tu nombre, de Sevilla tu apellido.

Desde Nervión se oye una queja de necesidad: “Tengo Sed.” Sed y Consuelo nos vienen de la mano, porque nada podrá confortarnos ya más que el azul de sus ojos, agua de vida eterna.

Cuando todo está cumplido, Cristo encomienda su espíritu por Santa Cruz mientras las tinieblas van imponiéndose. Misericordias de Martes Santo, que se sale de la cruz en un último esfuerzo. Y a sus pies, en eterna guardia, esos ciento once nazarenos que en 1905 fundaron un día, iniciando un camino por el que ahora andan miles, pues es el día de la Fe. Fe de un barrio volcado en socorrer los Dolores de la Madre que camina sin importar la distancia, pues no hay desamparo ni abandono bajo su palio, y sí humildad y trabajo. Fe de almas entregadas a su Cristo en calle Feria, y la Gracia y Amparo de una parroquia con sabor de siglos. Río celeste de calle Águilas, o protestación universitaria de cruces tras el crucificado. O la fe hecha revolución de un barrio, marejada de la Calzada; la iluminación en la noche oscura de la Salud de San Nicolás y Candelaria que da sentido a todo, o la fe ante los reveses de la vida en San Lorenzo, donde al final solo nos queda el regusto de su Dulce Nombre. Martes Santo, cofradías audaces, que viven el hoy, actualizando el mensaje. Porque lo mires como lo mires, al derecho o al revés, yo creo en el Martes Santo, en el día de la Fe.

Cristo expira. Y lo hace en el Museo reptando en búsqueda del último aliento que lo lleve al Padre. Todo está cumplido: el grito se hace eterno y traspasa la Semana hasta la tarde del Viernes, cuando se unen Sevilla y Triana.
El nieto de la Señá Santa Ana no muere en el Zurraque, sino que lo sacan presurosos a Sevilla, para que las campanas no tañan de pena por el Cachorro de Triana y darle el disgusto a su abuela.

Todos dicen: no te mueras;
no, no entregues la mirada,
no te nos mueras, Cachorro,
ni en Sevilla ni en Triana.

Que aguantes ese suspiro
y no le pierdas la cara
al viento, al aire y al cielo
que preparan tu llegada.

Pero tú debes morir,
en Sevilla o en Triana:
mi vida depende de ello
de tu palabra entregada
de la promesa que hiciste
que de esta noche no pasa
que gozaremos contigo
todos juntos, llena el alma
del eterno paraíso
que es contemplar tu mirada.

Cachorro ¿qué vas buscando?
general de esta batalla,
recortador de la muerte
que iluminas al que pasa,
el burlador del pecado,
lábaro que se levanta
para vencer a la tarde
hacia el cielo de Triana,
que es del color de tu iglesia:
de esmeralda jaspeada.
El mismo cielo que llora
al ver a tu madre santa
caminando entre la gente,
Patrocinio de Triana,
la que no tiene corona,
a la que no le hace falta,
pues todos sus hijos saben
que Ella gobierna y manda,
porque es la madre que estaba.
Patrocinio de mi gente:
estaba junto a la cruz,
pues nunca perdió la cara
al sufrimiento, al dolor,
por eso es refugio de almas.
La madre de este Cachorro
con el alma ya entregada,
la leyenda que se muere
de mirar hacia la nada.

Vas encendiendo luceros,
eres fuego y eres llama.
Déjame verte los ojos,
Cachorro, antes de que partas.
Mira si estaremos locos
por seguirte la mirada
que Sevilla quiere verte
frente a frente y cara a cara
y ha construido una torre
muy cerquita de tu casa
para poder contemplarte
enseguida cuando salgas
y así morir en los ojos
del Cachorro de Triana.

Todo está consumado. Vinieron tinieblas por toda la ciudad. Oscuridad de caoba moribunda del Cristo de la Fundación, lirio tronchado, gladiolo de luto, jacintos, alhelíes y acacias que lloran su desplome. Los ángeles no son capaces de recogerlo porque se afanan en sostener a María. No llores más, Madre, que Sevilla ha trenzado para ti una corona y tus ángeles, con sus manos, la posarán en tus sienes, en el lugar más bonito de Sevilla, mientras los coros celestiales cantarán tu gloria de siglos.

Un relincho de cornetas rasga el aire por San Martín y la lanza desgarra el cuerpo yerto del Maestro. Sangre y agua que van a parar al río. Aguas de vida y la fuente de la eterna juventud, secreto manantial del que bebe su madre, Guadalupe, la señora de esta casa, los últimos ojos divinos a los que se confían los pregoneros, tan hermosa y joven que no cumple años, aunque sume primaveras. La guapa joven vecina de los pobres de Mañara, Don Miguel, cuyo milagro abre sus puertas día a día en la calle Temprado ¿necesitamos más? Miguel Mañara, cofrade, soleano de San Lorenzo, uno de los nuestros, a quien podemos acudir los cofrades con fervor, a quien podemos llevar en levantá de gloria a los altares, pidiendo ese milagro y ese ¡santo súbito! que resonaba en el corazón de Sevilla el día de su muerte. Hagámoslo propio, como hemos hecho propia su obra.

Cristo muerto en Sevilla es luminaria dorada sobre claveles rojos color Cristo del Amor que traspasa el alma del Domingo de Ramos. Yo quiero ser sevillano, como el palio del Socorro, tener el sentido de la medida perfecta, la elegancia de lo discreto, la rotundidad de lo bello, la majestuosidad de lo sencillo. Los guardabrisas del Cristo del Amor reverberan el bisbiseo de plegarias que vuelan hacia el cielo ya oscuro de Sevilla. Porque el Cristo del Amor es el pacto que cada Domingo de Ramos la ciudad sella con Dios. Nada nos separará del Amor de Dios.

Sevilla es un gran calvario que alza la Veracruz. Tristezas de María en calle Jesús a oscuras. No se oye nada nada más que un lamento: “Si hacen esto con el leño verde ¿con el seco qué harán?” Calvario de San Pedro, aroma castellano entreverado de esencia sevillana, sin más defensa que un triste sudario. O cruz antigua de la Carretería, la primera de Sevilla. Los nazarenos que todos queremos ser. Cristo es Salud en su muerte y María en sus necesidades es Luz de la Fe. Calvario que es Buen Fin. Curtiduría de Dios, piel tratada por la Pasión, convertida en el mejor cuero, el que perdura por siempre. Y de San Antonio, en una misma tarde, a la cofradía de calle ancha luminosa de su barrio. Yo quiero ser puente de San Bernardo, alzar mis treinta y cuatro faroles, que le sirven de ciriales al Cristo de la Salud. Quiero ser puente para servir de refugio a ese barrio, parihuela permanente de sus pasos, que no está completa hasta el Miércoles Santo cuando, dos veces, Salud y Refugio coronan su cima. Y Calvario en la Magdalena. Jesús crucificado, pálido reflejo de luna llena. Flecha negra en el corazón de la noche, que, con la amanecida, retorna serena y tranquila. Virgen llorosa, Cristo callado, brazos extendidos, débito de amor adquirido; que no tendremos vida para pagar por tanto.

Sevilla es un gran Gólgota, que llega hasta el mismo Prado. “El lugar donde habita la muerte” según los sevillanos lo describían. Lugar de enterramientos, cementerio de los pobres, al que se accedía por el Paseo del Luto. Quemadero de la ciudad, lugar donde se quedó la muerte de Cristo, nuestra Buena Muerte. El oído de Dios en Sevilla, en quien confiamos. El Dios de la calma, de la paz y la dulzura.

Ya sé que me escuchas
y aunque estás dormido
con los brazos extendidos
Tú me abrazas desde la cruz.

Un amigo me preguntó un día ¿cuánto dura una levantá del Cristo de la Buena Muerte? Dura, exactamente, lo que se tarda en musitar un padrenuestro. El Cristo que gana las batallas después de muerto. Y solo necesita cuatro hachones para iluminar toda la tarde. ¿Quién dice que estás muerto, si vas repartiendo vida?

Por eso tantas y tantas cruces van en pos de ti. Cruces de madera gruesa que se ven y de vidas atrapadas, que no se ven. Penitentes de tu sombra, devotos de tu contraluz, a quienes abres camino. Queremos seguirte, Señor, aunque de ti no seamos dignos. Quiero seguirte, Señor, por las calles, por la vida y por la muerte. Déjame seguirte, Señor. Estudiarte por entero, aunque tu asignatura no acabe, recitarte de memoria, aunque no comprenda lo que digo. Seguirte en tu camino, aunque yo pierda el mío. Y aunque no sea buen nazareno, quiero seguir tu ejemplo. Déjame, Señor, seguirte a lo largo de la tarde, haya sed, hambre o sueño. Déjame tomar mi cruz, aquella que no se elige, aceptarla y llevarla allí donde tú me lleves. Cristo de la Buena Muerte, yo te sigo y me dicen que no andas. Cristo de la Buena Muerte, tú me indicas el camino, y cuentan que estás dormido. Cristo universitario, dicen que estás muerto, y yo te siento muy vivo.

Y a tu lado siempre, mi Virgen de la Angustia. Consuelo de afligidos; como de aquella familia, que habiendo perdido a uno de sus integrantes más jóvenes, deslizaron una foto suya debajo de su manto. Discretamente, sin que nadie lo supiera. Lo normal hubiera sido que, con las levantás al cielo y el movimiento del paso, en algún momento se hubiera perdido. Pasados los días santos, cuando tocó desmontar el paso, bajo el manto, abrazada a la Virgen seguía aquella foto. Una oración por su alma que elevaron los presentes acompañó su retirada. La hermandad devolvió la foto a la familia, con el convencimiento de lo que acababan de vivir: la Virgen jamás, jamás, les iba a dejar de su mano. Con dos manos le basta a la Virgen para sostenernos a todos y que ninguno se le pierda. Por eso el ejército de monaguillos que cada Martes Santo escolta su marcha es tan numeroso. Puede parecer una locura, un sinsentido, una exageración, pero la legión de esclavinas moradas que van con Ella saben que ni uno se pierde, por muchos que sean, porque van de la mano de la Virgen de la Angustia.

Nadie se pierde nunca. Como Paco, nazareno de Dos Hermanas, hermano nuestro, que ayudaba los Martes Santos con su traje. Lo recuerdo una tarde. La Virgen iba justita de tiempo y en plena carrera oficial, se aflojó el perno de la corona. Mal sitio para parar y subir a apretarlo. El paso llegó a la catedral. Una vez dentro intentaríamos arreglarlo. Los priostes iban de nazareno, imposible subirse al paso. Que suba Paco. Se encontró un lugar adecuado. La cofradía, lanzada para abandonar la catedral en hora, no esperaba. Se para el paso y a la velocidad en que se cambian las cuatro ruedas de un Fórmula 1, Paco se sube al paso, llega a la Virgen, aprieta la tuerca, se baja, retira la escalera, quedándose al lado del paso muy serio, como si no hubiera pasado nada. Solo sus ojos claros denotaban la satisfacción del trabajo bien hecho. Probablemente batimos el récord de esa maniobra, y el paso no se detuvo en demasía y pudo abandonar la catedral en hora, como acostumbra. Paco, el que estaba para todo. La vida le ha dado un golpe, pero su gran cuerpo lo ha aguantado, fuerte, como es él. Ahora no es tan rápido y ágil como entonces, pero esa viveza la sigue conservando en su mirada y en su Fe. Las pocas palabras que pronuncia son siempre positivas. Cuando acude a algún ensayo y le preguntamos ¿Cómo estás, Paco? Te mira fijamente y te dice Bieeeeennnnn. Le señalas los costaleros ensayando, se sonríe y te dice: Estudiantes, clase. Paco sigue estando. Ahora las redes sociales son su escalera para estar cerca de Ella. Ha olvidado movimientos y formas de hablar, pero sigue siendo cofrade, como no olvida a su Cristo y a su Virgen Universitaria, que tampoco se han olvidado de él.

Ayer, hoy y mañana, la cofradía de la familia por la que no pasa el tiempo. El ayer de mi padre y mi padrino, el hoy de mis hermanos y el mañana de mis hijos y sobrinas. El ayer vuelve a ser mañana en ellas. Una de monaguillo, y mi ahijada Elena que deja la esclavina morada y los caramelos para empuñar el cirio por primera vez. Como hicieron sus primos. Es la vida misma: pasamos del terciopelo al esparto, de acompañar la cercanía de la imagen a alumbrarnos con el cirio de la Fe las horas de lejanía y soledad. Cofradía de hermanos comprometidos, juventud universitaria de guardia siempre dispuesta; de los mayores que ya no suspiran por Laraña porque la realidad es esplendorosa, de niños, de estudiantes. Esplendor de costaleros, los primeros, devotos y hermanos, reunidos antes bajo seis palos, y que viven el compromiso de su hermandad, ya sea en Sevilla o desde el Aljarafe; ya sea bajo el paso o retirados del costal con su cirio. Siempre presentes.

Lecciones de fe universitaria. La Fama triunfante ha dejado de tocar el solemne Gaudeamus Igitur para entonar sones de marchas dormidas. Somos universitarios. Hijos de la universidad: por eso nacimos, vivimos y permaneceremos en ella. El cerebro de la ciudad desde hace más de cinco siglos, a la que da conocimiento y ciencia. Por eso creo en los imposibles y por eso soy de los Estudiantes.

Hermandad comprometida con la ciudad, la Semana Santa y su Universidad. Como aquella tarde en el palquillo de la Campana en la que el nazareno estudiantil, en nombre de la hermandad, tras pedir la venia, y ante la vicerrectora, renovó el compromiso universitario de la hermandad. Cultura y Fe unidas. La imagen de la cultura y la Fe es la de la mano cerrada de la vicerrectora en el palquillo. En su interior la medalla de la hermandad y entre sus dedos el cordón morado que nos distingue. Somos universitarios, y nos gloriamos de serlo.

Yo soy de la Buena Muerte,
yo soy de los Estudiantes.
Sigo a un Cristo sin mirada,
recién muerto hace un instante,
pero al que sentimos vivo,
retando al sol de la tarde.

Yo soy universitario,
yo soy de los Estudiantes.
Seguidores de la cruz
y sus faroles guardianes.
De esparto y ruan, cristianos
en centros y facultades,
que en casa de la razón
elevan su luz radiante
y su fe no se la callan
día a día, clase a clase,
concordando fe y cultura
en ciencias y humanidades.

Soy bálsamo de la Angustia,
yo soy de los Estudiantes.
La reina universitaria,
mi alegría de los martes,
generala de mil niños
y consuelo de sus padres
¡cómo acoge bajo el manto
nuestra madre vigilante!
que ninguno se le pierda
en la bulla de la tarde:
cristianitos del mañana
infantes y colegiales,
que juegan a ser mayores,
aprendices de cofrades.

Yo soy de la Buena Muerte
como decía mi madre,
y todos nuestros mayores:
devotos de tantos martes
tras el cristo que no mira,
pero que reina en la tarde.
Soy de la muerte dormida,
yo soy de los Estudiantes,
que traigo un bosque de cruces,
penitencias ejemplares,
oraciones de madera
en silencioso homenaje
de sus túnicas gastadas;
fidelidad inquebrantable,
pasen que pasen los años,
siguen con ojos brillantes
como los del primer día
tras una luz y un contraste:
la silueta aprendida
y estudiada tantos martes.

Yo soy universitario.
Yo soy de los Estudiantes.
Pues no hay herencia mejor
que recibir, que dejarles
a los hijos, que la fe,
la devoción de los martes,
la confianza en el Cristo
que enseña en las facultades
el amor a nuestra Virgen
universitaria y madre;
y el contar con los hermanos
de la hermandad más radiante,
los que brillan con la luz
y proclaman las verdades
que hasta la Fama pregona
por las aulas y las clases.
Toda la Universidad
ve levantar su estandarte.
Son cofrades sin complejos
y resumen en dos frases:
Soy cristiano y soy creyente.
Yo soy de los Estudiantes.

7.- SOLEDAD Y SEPULTURA

José de Arimatea, que ya tenía el permiso de Pilato para llevarse su cuerpo, buscó unas escaleras en la Carretera de Carmona y, cargando con ellas, junto a Nicodemo, se llegaron a la Trinidad, donde comenzaron los preparativos. Es Sábado Santo, el día de la Esperanza. Y el Señor solo nos deja cinco llagas en prenda para poder esperar. Cinco llagas trinitarias que se concentran en la daga de dolor que atraviesa a la Virgen. A la puerta del infierno hay un cartel que pone “perded toda esperanza” y en la ausencia y en la nada Sevilla no es un infierno porque le queda la Esperanza, que sale a la calle a buscarnos, a recoger nuestros trozos de alma desperdigados. El infierno sería no tenerte, Esperanza Trinitaria.

Nos abandonamos al Misterio como se abandona el cuerpo de Jesús, descendido ya por la Magdalena. Los árboles extienden sus ramas para ayudar a los santos varones que sujetan del sudario a Cristo que desciende a compás. María al pie mira a la cara de su hijo, recibiéndolo. Cristo se abandona a su suerte, sostenido en el vacío por un simple sudario. Nada suena, el silencio arropa. Bronce, ébano y caoba lo reciben y el silencio lo acompaña. La música de capilla y el incienso se elevan entre la brisa. Delicadeza en unas manos que lo van descendiendo y lo dejan en brazos de la madre. Por Bustos Tavera ya se prepara el entierro y los dieciocho ciriales se van despabilando al toque del muñidor. María recibe al hijo en brazos al pie de la cruz. Y se va preparando la mortaja. El sevillano sabe bien el sentido de este rito. Muchos hemos vestido ya, en tarde de estación de penitencia, la que será nuestra mortaja.

Quedan María y el Hijo a solas. Sonidos de tambores destemplados acompañan desde los siete dolores de Nuestra Señora que ahora se han hecho uno. La Virgen mira al infinito y puede escuchar el murmullo del río aún estremecido por el luto. En la calle Adriano se congrega el gentío que acompaña a la madre. María sostenida por cornetas mira el cuerpo desmadejado del Señor y entre dientes aflora la oración que tantas veces había escuchado en los entierros y que los capirotes azules del Baratillo le ayudan a llevar al cielo. “Descienda del Cielo una paz grande, (…), y decid: Amén. El que establece la armonía en Sus alturas, nos dé con sus piedades paz a nosotros (…) y decid: Amén”.

Lo trasladan al sepulcro; se avecina la Pascua. Va el cortejo calle Cuna arriba a paso rápido, camino de San Andrés. Sobre el canasto dorado, coronado con los lirios que acompañan los faroles de luz azul, la Caridad de Cristo florece sobre una rosa acariciada por un brazo que cae. ¿Dónde están nuestras manos para ayudar a recogerlo? La Caridad de Cristo nos urge, no solo para compadecerlo, sino para extender las manos y dar el paso. Cada uno por su camino, pero todas las manos puestas en Dios, llevándolo con el silencio por compañera. Cristo blanco de la Caridad, la devoción de quien amo, de cofradía sencilla y grande, muy grande, de ejemplo de hermandad.

Memento Mori. El paso de la urna nos saca del ensimismamiento. Recuerda que eres mortal. Por Alfonso XII baja el duelo y Cristo es recibido por la tierra. Nada queda, salvo la Soledad.

Soledad, ese es tu nombre. Soledad de Viernes, Soledad franciscana que mira al cielo buscando al ángel, aquel que le anunció que ya nada sería igual y que la salvación de Cristo estaba cerca. Pero nadie viene. Dios calla. Horas eternas. Soledad Servita, ya de Sábado, el día de la ausencia, todo está cumplido. Soledad destemplada y sola. Soledad que sigue el Sol esperanzado que luce, incluso en Sábado. Soledad que da la mano a las Esperanzas del Sábado. Soledad de siete dolores, de los cuales el peor es la Soledad. Y Soledad de San Lorenzo, la última, la que cierra nuestros corazones, la que nos deja el vacío de la ausencia y de la pena. ¿Ese es tu nombre, Soledad? ¿Cómo puedes llamarte Soledad cuando acompañas a tantos y tantos desamparados? Paradoja divina. Por eso cada Sábado Santo sale la Soledad, para buscar a sus hijos que no van a verla, para acompañarlos en el vacío y la pena. Soledad de nuestros abuelos, Soledad que te alivia ese vacío de cuando quieres hablar con los que ya no están, y te encuentras con ellos en el beso de su mano. La eternidad está en esos besos que quedan en las imágenes, los mismos besos que dieron nuestros padres y que hoy damos nosotros y que mañana darán nuestros hijos. Todos nos encontramos en las manos de la Soledad. Por eso vamos a verla cada Sábado Santo: por los que ya no están, por los que no pueden venir, por los que fueron.

8.- RESUCITÓ

En la aurora del primer día de la semana, las mujeres iban por la calle San Luis abajo con especias para ungirle. Se decían entre sí ¿Quién nos removerá la piedra de entrada al sepulcro? Al llegar encontraron las puertas de Santa Marina abiertas de par en par y nadie en el interior. Estando ellas sobresaltadas y llorosas, se les acerca una figura que les pregunta ¿A quién buscáis? No está aquí, marcha por la ciudad en honor y gloria. Id con Él y con todo el pueblo a celebrar el gozo de su resurrección.

Cofrades de Sevilla ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? ¿Por qué nos afanamos en conservarlo como flor muerta cuando vive ya eternamente? Buscad la vida, buscadlo a Él que en gloria está por las calles de Sevilla. He visto un cielo nuevo y una tierra nueva y el mal no existe ya. Vi la Ciudad Santa, una nueva Sevilla, que bajaba del cielo, junto a Dios, engalanada como una novia. Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte, ni habrá llanto, ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado.

Cuando este pregón acaba, quede muda mi palabra: vuestra es ahora, cofrades. Sois los pregoneros de este nuevo cielo que es Sevilla. Salid a calles y plazas, a tertulias, casas de hermandad y sed el anuncio vivo de la fiesta más bella, de su verdad y de su misterio. Dios ha tenido a bien concederte una nueva primavera ¿en qué la vas a emplear?

Buscad a Cristo resucitado. Celebremos su pasión y su muerte. Creemos en la Sevilla gloriosa. Una Sevilla blanca y reluciente, en la que Velázquez y Murillo pintan paisajes de colores y dan al cielo el azul de los seises y a los árboles el color de la Esperanza. Mesa y Montañés tallan en sus talleres angelitos que glorifican al Señor; Rodríguez Ojeda, Castilla y Recio visten de primavera la ciudad. Viene Mañara con sus pobres, Sor Ángela y Madre de la Purísima, cantando a la Virgen, que ya no tiene Amargura; Santa Justa y Rufina acarrean la Giralda para que todos oigan sus campanas de gloria, y la giganta se baja del campanario, deja de ser Fe, para convertirse en certeza. San Leandro y San Isidoro presumen de sevillanía y San Manuel González contempla eternamente gozoso el misterio de Dios vivo. Marcelo Spínola reúne a tantos venerables sacerdotes, buenos cofrades, y Don Camilo Olivares ya no predica, pues la palabra ya es realidad; Miguel Cid, Romero Murube y Mateo Alemán compiten en cantar la gloria del Señor, mientras Chaves Nogales vive eternamente para contarlo. Aníbal González proyecta arquerías eternas para engalanar la gloria; Mensaque y sus azulejos, forja y fragua celestial; el santo Rey Fernando guarda esta ciudad; la Banda Municipal entona sones de Gómez Zarzuela, Turina o Font de Anta; Antonio Mairena canta saetas de gloria y el Pali improvisa sevillanas de alegría y gracia eterna. Joselito y Belmonte juegan con los chiquillos a torear a la muerte.

La Cruz de la Quinta se destapa, las mariquillas de la Esperanza juegan al corro con las estrellas de San Jacinto; la rosa de Santa Marta florece en un jardín donde nunca se marchitará; la diadema de la Virgen de las Aguas es el arcoíris de la ciudad y del Salvador alza de nuevo el vuelo el pelícano que lleva en el pico la argéntea rama de olivo de la Virgen del Porvenir, revoloteando entre los guardabrisas de los pasos, todos encendidos como si fueran a salir.

Los rosarios del palio de Montesión tintinean alabando a Dios y las llaves de la ciudad, guardadas por la Virgen de Gracia y Esperanza, abren puertas y ventanas; explota el azahar que los pajes recogen para la Concepción Inmaculada, los zancos del paso de la Carretería quieren llevar a la Virgen de la Aurora, sin lágrimas, porque ya no llorará más. La luna llena regala su luz blanca, reflejándose en el manto de la Virgen de la Paz; carbón e incienso se queman por toda la ciudad en una Vigilia perpetua, y los parques florecen de velas rizadas.

Se congregará nuestra ciudad santa, con los santos de colores, con blancas vestiduras. Y te encontrarás con aquellos que ahora estás recordando. Los que añoramos y esperamos, con todos los que se fueron, pero no se fueron nunca, pues viven en nuestra memoria, en este Prado eterno. No habrá dolor, ni sufrimiento, ni angustia, ni siquiera la universitaria que a la puerta de su capilla nos espera y nos apremia: que entremos todos a verlo, que se ha producido el milagro, que miremos a su Hijo, que por fin cumplió su promesa, tantos años esperada. Porque la gloria ha llegado y mi Cristo está despierto, como siempre hemos soñado, vivo y nuestro para siempre. Allí estaremos para verlo, para contemplar su sonrisa, y oírle pronunciar nuestro nombre, pues a todos nos llama, pues a todos nos conoce. Por fin podremos verlo, liberado de su cruz, de tormentos y de penas, libre, glorioso y cercano; y pasaremos la gloria mirándolo cara cara, disfrutando su semblante, su dulzura, su mirada… entregados eternamente, felices tras conocer, tras al fin poder saber, de qué color son los ojos del Cristo de la Buena Muerte. He dicho.




Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *