La Semana Santa en peligro

Más de 1.600 agentes policiales van a encargarse de la Seguridad de la Semana Santa de Sevilla. Es todo un blindaje en prevención para  evitar todo tipo de atentado contra la misma, para que miles de personas  -la bulla-  puedan discurrir con la máxima normalidad. El dato a que se eleva la protección del amplio itinerario de las cofradías es decisivo e incontestable para evaluar que la Semana Santa está en peligro.

Resulta ya preocupante la mayúscula cobertura necesaria para la Seguridad de la Semana Santa de Sevilla. En casi 20 años contados desde la peligrosa Madrugada del 2000, todo ha ido cambiando. La tranquilidad absoluta es ya historia, prácticamente duró por completo lo mismo que el régimen franquista, férreo en el mantenimiento del orden público. A partir de la democracia y las oportunidades que dio a tantos actos impunes, empezaron los primeros asomos anticlericales, con pintadas amenazantes e intimidatorias, como aquellas de “La Macarena saldrá, pero no volverá”, de finales de los setenta. Hermanos mayores hubo de la famosa cofradía, como José González Reina y Juan Ruiz, que padecieron como un auténtico suspense el tiempo que La Macarena permanecía en la calle, deseando el momento del regreso y entrada en su Basílica. Un suplicio  vivido como máximos responsables.

Más adelante, ya en los ochenta, otro suceso inaceptable fue el de la entrada en Campana de una parihuela llevando un monigote, y que premeditadamente buscó coincidir con el tránsito de las cofradías para hacer reivindicaciones sindicales. El atropello se abortó inmediatamente con la rápida intervención de la policía, además de las protestas del público.

Después, ya se sabe, la primera y sonada Madrugada del pánico en el año 2000, a la que se suma la de las carreritas que tuvieron lugar en el 2017, con brotes de consignas islamistas. Y unas carreritas silenciadas oficial y mediáticamente  -aún no me explico porqué-, en la noche del Lunes Santo de 2016, cuyo núcleo expansivo se inició en la Plaza del Duque lindando con la calle Alfonso XII, cuando la Virgen de las Aguas ya estaba próxima a entrar en Campana. La gente asustada y despavorida alcanzó corriendo hasta las calles Trajano y Javier Lasso de la Vega. La policía tuvo que intervenir con coches patrullas junto a la acera que El Corte Inglés tiene en la plaza del Duque, atendiendo con mucha calma a personas y niños presos del miedo y la angustia. Nadie contó nada en la prensa sevillana. Nadie es nadie. Sin embargo, yo lo vi todo y lo difundí al día siguiente en las redes sociales.

Pero el peligro que rodea a la Semana Santa de Sevilla no sólo afecta a su celebración en las calles. También ha llegado a los templos. Es su concepto el que está perseguido. Hay todo un lamentable y largo expediente de hechos que lo han demostrado, siendo el más destacado el atentado que en su altar sufrió la imagen de Jesús del Gran Poder, cuando en 2010 un hombre le arrancó el brazo. Y en su capilla sacramental, en 2016 otro hombre le prendió fuego al paño del altar, cuyas llamas fueron sofocadas por las personas que en ese mismo momento estaban escuchando misa en la Basílica.

Los años 2018 y 2019 han dejado los malos recuerdos de pintadas en las fachadas de los templos de San Martín y San Roque, con mensajes incendiarios dirigidos a las iglesias y a sus imágenes. Además, el de las monjas del convento de clausura sevillano que padecieron las amenazas de un hombre que, cuchillo en mano, pretendía quemar el convento con las hermanas dentro. Y hace poco, a principios del pasado mes de marzo, en el templo de San Julián dos mujeres robaban las ropas del cura y las vestían en tono de burla, ante los mismísimos ojos de los fieles que se encontraban en los bancos, asombrados de cuanto estaban viendo. A todo ello hay que añadir las sucesivas manifestaciones que grupos republicanos han llevado a cabo, con vigilias incluso, ante la Basílica de La Macarena, demandando que los restos mortales del general Queipo de Llano no reposen en la primera de las capillas laterales a la izquierda. Argumentan sus quejas sobre la base del cumplimiento de la Ley de Memoria Histórica, ahora en debate para ser modificada a instancias del partido Vox. Resulta toda una paradoja que sean precisamente republicanos los que reclamen la exhumación de Queipo de Llano, cuando sus antecesores ideológicos de la II República hubieran incendiado a la imagen  -como hicieron con otras-  de no haber mediado la rápida intervención del general y otros macarenos para esconderla en la consulta de un veterinario, sita en la calle Orfila.

Visto el panorama de riesgo para las hermandades y los templos donde radican, muchos se hacen ya acuciantes preguntas, más urgentes de lo que el tranquilismo de siempre se supone:

¿Están seguros los templos sevillanos? ¿Corren peligro las imágenes? ¿Las hermandades de Sevilla están a la altura de las circunstancias? ¿Afrontan en estos momentos, eficaces y reales medidas de prevención o, por el contrario, se abandonan a la confianza de que no les pasará nada, a la idea de que no llegará la sangre al río? ¿Lo dejan todo en manos de la suerte?

Hay hermandades que, como poco, ya han instalado en sus capillas cámaras de videovigilancia; por ejemplo, las Penas de San Vicente. Pero, ¿con eso basta, se evitan las lesiones de un desalmado al patrimonio, a los sentimientos religiosos?

Desde hace mucho tiempo, hay voces acreditadas que en la privacidad manifiestan que deberían existir copias de las imágenes que, tal como están las cosas, sería conveniente que suplantasen secretamente a las originales, bajo acuerdo de juntas de gobierno que ocultaran públicamente haber tomado tan drástica decisión, resultado de una gran capacidad de persuasión que salvaguardara sobre todo a las imágenes más insustituibles, como a La Macarena, El Gran Poder, la Esperanza de Triana, El Cachorro, La Amargura, Jesús de la Pasión, etc. Son esas imágenes que constituyen, sin voluntad de agravios comparativos, la más esencial naturaleza de la Semana Santa de Sevilla y sin las cuales Sevilla ya no sería lo mismo. Son las imágenes absolutamente imprescindibles de la universalidad de la Semana Santa de Sevilla.

Puede que los ataques hasta ahora padecidos, de una u otra forma, durante las procesiones o en los templos, quieran valorarse por los más optimistas como hechos aislados. Pero me calculo que si una ciudad que está a punto de celebrar su Semana Santa necesita más de 1.600 efectivos policiales, calles y zonas acotadas, vallas de contención, numerus clausus en ciertos itinerarios, y otras medidas, eso es porque de las anécdotas sueltas y temporalmente distanciadas hemos llegado a los días de enfrentar, con una estrategia conjunta y robusta de Seguridad, la amenaza real y temida por la que atraviesa la Semana Santa de Sevilla.




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