A propósito de la reciente restauración del Cristo de la Buena Muerte, de la Hermandad de los Estudiantes, muchos no saben que la soberbia talla que en 1620 esculpiera Juan de Mesa para Sevilla tiene su copia en Madrid, expuesta al culto. Incluso millones de personas pudieron contemplarla a través de la televisión el día de la boda del entonces príncipe Felipe con Letizia Ortiz, hoy reyes de España, pues se trata del crucificado que preside el altar mayor de la Catedral de La Almudena.


El origen de esta reproducción está en la Compañía de Jesús, que dirigía parte de sus ejercicios espirituales a la enseñanza y preparación del bien morir. De ahí su predilección por la iconografía de Cristo dulcemente muerto.

Habiendo centrado los Jesuitas su devoción en la talla que encargaron al cordobés Juan de Mesa, en 1620 empezaron a rendirle culto en la Casa Profesa de Sevilla. La satisfacción con la categoría artística fue tal que encargaron a Mesa otra semejante para la Compañía de Jesús en Madrid. Y así llegó a la capital de España, a su pleno centro en el corazón de la zona de los Austrias, el segundo Cristo de la Buena Muerte, inspirado en el de Sevilla. Su destino fue la antigua iglesia del Colegio Imperial de los Jesuitas, de calificación catedralicia por la Diócesis de Madrid-Alcalá, mientras que desde 1883 Alfonso XII pusiera la primera piedra de La Almudena hasta terminarse su total construcción en 1993, después de salvar tantos obstáculos, como la interrupción que provocó la Guerra Civil española, y la suspensión de las obras en 1965, por falta de fondos.


Con el tiempo, la sede eclesial que fue el mencionado Colegio Imperial pasó a ser la Colegiata de San Isidro, entre la emblemática Plaza Mayor y el castizo barrio de La Latina. La imagen se llevó allí muchos años, hasta fechas recientes  -cuando se inauguró definitivamente La Almudena-, junto a las copias de Jesús del Gran Poder, la Esperanza Macarena y Nuestra Señora de los Reyes, famosas advocaciones también sevillanas.

El Cristo de la Buena Muerte, de Madrid, pasó muchas vicisitudes que pusieron en riesgo hasta su existencia, como el incendio del templo en 1936 por las turbas comunistas. La imagen se salvó milagrosamente de la barbarie marxista y de su proverbial incultura.

Hoy se alza con impresionante visión en el altar mayor de la catedral madrileña. Su cruz, que ya no es la original, fue tallada más alta, como si estuviera en el Calvario, con madera de cedro de Líbano por el escultor sevillano Manuel Guzmán Bejarano.

Fotografías: Beatriz Galiano