Hermano Mayor

Hace ya tiempo que un buen amigo me comentó que las tres glorias de un sevillano eran, por este orden: ser teniente de alcalde responsable de Fiestas Mayores del ayuntamiento de Sevilla, ser pregonero mayor de la semana santa hispalense o ser rey Baltasar en la cabalgata del Ateneo, y fuiste tú quien me apuntó que no cambiarías ninguna de las tres por ser hermano mayor de una hermandad de penitencia, en tu caso, nada más y nada menos que del Santo Entierro, aunque pertenecías a otras dos de gran solera: el Gran Poder y los Estudiantes.

Era fácil de entender que una persona con tu vocación de servicio, generosa con su tiempo y con sus bienes, rebosante de bonhomía, encontrara en este cargo tan lleno de cargas, su anhelado deseo de darse a los demás, aún sabiendo que dar vida es perder vida, porque como hombre de fe, estabas convencido de que nuestro paso por este mundo es un breve espacio de tiempo entre dos eternidades.

Nos conocimos en aquel lejano comienzo de 1974 en que a un ministro de Educación le dio por comenzar el primer curso de todas las carreras universitarias en enero, en vez de en septiembre, para hacerlo coincidir con el año natural, ministro que fue destituido tras el asesinato de Carrero Blanco en diciembre de 1973, circunstancia que nos obligó a comprimir el curso en seis meses, porque quien le sustituyó volvió al calendario tradicional.

¡Cómo disfrutábamos cada último sábado de noviembre, en el tradicional almuerzo de los compañeros de la tercera promoción de Ciencias Económicas y Empresariales, recordando anécdotas de nuestros tiempos de estudiantes, que comenzamos en Reina Mercedes y terminamos en Ramón y Cajal, donde tuvimos que organizar una sentada en la vía pública para que habilitaran un semáforo que nos permitiera cruzar la avenida! 

Oficial del ejército en la reserva, seguías desfilando el día de las Fuerzas Armadas a pesar de haber cumplido ya los sesenta, porque, como nos recordabas a tus amigos, todo español tiene el derecho y el deber de defender a España (artículo 30 de la Constitución) y tú hacías honor a ello.

Tras el sepulcro del Señor que adorabas en el altar mayor de San Gregorio, tú veías siempre la resurrección, y de ahí esa serenidad y equilibrio de los que hacías gala en todos los debates. Sabías condimentar todas las conversaciones con unas gotas de fino humor sevillano para que concluyeran con sonrisas, y así relativizar cualquier asunto más o menos transcendente, aunque, siendo tus intervenciones medidas y apreciadas, fueron tus silencios, en algunas ocasiones, los que utilizabas con mayor elocuencia.

Tu valentía no sólo se manifestaba en tu vocación militar, sino también en detalles como haber cotizado como autónomo toda tu vida laboral, siempre apoyado por tu mujer, y en la perseverancia como máximo responsable de tu hermandad, en ofrecer una Eucaristía por todos los niños no nacidos el día de los Santos Inocentes de cada año.

Valorabas la familia como tu mayor tesoro, y le has dejado a cada uno de tus hijos una magnífica herencia: sus hermanos. Quizás por eso quisiste decirnos adiós en tu hogar, alejado de los hospitales, que tú sabías saturados, pasando de los brazos de tu mujer, Gloria, a los de tu Madre Bendita de Villaviciosa, las mejores conocedoras de tus cuitas y desvelos.

Aún te quedaba tiempo, que tú multiplicabas como si del milagro de los panes y los peces se tratara, para atender a los más necesitados en el Hospital de la Caridad, ante la imagen de Miguel de Mañara, personaje del que me comentabas que para la iglesia era todavía Venerable, pero que Sevilla, que en esto de los asuntos de la Gloria va siempre por delante, ya lo había hecho santo en su corazón.

Te fuiste pronto como los elegidos, pero nada es por casualidad y como si de una obra de diseño se tratara, el Evangelio del día de tus exequias fue el del último día de la Navidad, el del Bautismo de Nuestro Señor, que nos recuerda que el hombre nuevo debe sumergirse previamente en las aguas de la muerte para poder alcanzar la vida eterna, esa de la que estamos convencidos que ya disfrutas. Hasta siempre, José María Domínguez Rodiño




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1 Comment

  1. Pedro dice:

    Descanse en Paz.

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