En vísperas de la ausencia 
El cielo puede esperar 

Los sevillanos se aferran estos días a visitar los templos en los que sus imágenes habitan una Cuaresma extraña sin el desenlace de la Semana Santa. Es como la espera de lo que no llegará, un sinsentido que hasta la pandemia sólo era capaz de provocar la lluvia. Pero la lluvia era un imprevisto de última hora, mientras que esta situación completamente nueva se vive con el final escrito de antemano.  

Nuestro reportaje fotográfico es un recorrido de luces y alumbramientos interiores, los únicos posibles para este tiempo cuaresmal que no desembocará bajo un sol radiante y primaveral acogiendo a las cofradías por las calles.

Esto es lo que hay, esto es lo que tocaEn los crucificados está el mismo clavo ardiendo al que agarrarse en las vísperas del vacío, cuando llegue el Domingo de Ramos y la ciudad no se reconozca en la naturaleza del Parque sin nazarenos de La Paz; en la puerta ojiva de San Julián sin la proeza de agrandarse para el palio de la Virgen de la Hiniesta; por el puente de Triana sin el temblor de La Estrella; o en San Juan de la Palma sin la cruz de Malta en los antifaces del Silencio Blanco, ni palabras de San Juan para el llanto de la Amargura… Nada, nada, nada. Le ha tocado a Sevilla entender duramente que el cielo puede esperar.

El amparo está en las iglesias, el cobijo en las sagradas imágenes, único consuelo de una vida poblada por ahora de recuerdos mientras el presente ha quedado reducido a sujetarse en anhelos y sólo lleno de medidas de lo posible: restricciones horarias, distancias de seguridad, prohibición de abrazos y ese único antifaz permitido de las mascarillas, defensa frente a un enemigo común, pero también barrera del aire y su perfume.

El calendario va descontando días de color azul y rojo de hebrea, días de cirios encendidos en llamas que se agotan perdiendo la esperanza de conocer al menos una sola noche de Sevilla. Las horas pasan y pesan cargadas de realidad. Y desean el regreso a las esferas donde contaban, como si fuera verdad, un tiempo que siempre y de tan hermoso nos parecía mentira. 

Fotografías de Beatriz Galiano

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