El histórico Pregón de la primera pregonera no alcanza las expectativas

Una cierta decepción ha quedado en la impresión general sentida por el público que ha abarrotado el Teatro de la Maestranza.  Ocupar un asiento de su amplio aforo se había convertido durante meses  en el privilegio de presenciar in situ el primer Pregón de la Semana Santa de Sevilla que, tras más de ochenta años desde su origen, iba a pronunciar una mujer.

Toda la sinceridad y autenticidad de Charo Padilla, toda su entrega emocional, toda su verdad, son indiscutibles en este día ya histórico del primer Pregón de la Semana Santa que pronunció una mujer. Pero al parecer no han sido suficientes para traspasar la batería, quizás porque su procedencia del mundo de la radio ha ignorado las exigencias diferentes de un escenario. También es posible que la pregonera abarcara su personal y particular Semana Santa, pero no la del conjunto de los sevillanos, que en muchos momentos del texto se encontraban por fuera de las palabras de Charo Padilla, no dentro. El pregón llegó a un punto tal que se convirtió, más que en el Pregón de todos los sevillanos, en las memorias cofrades de la periodista.

Lleno de la mejor intención por acercarse al corazón de la gente, lo logró de alguna manera en ciertos pasajes, sobre todo al ayudarse por lo bajo del popurrí de marchas dedicadas a La Macarena, mientras contaba a la Virgen de la Esperanza en la calle y ante su paso de palio, en una narración cuya oratoria rozó lo interpretativo, al tiempo que evocaba el estilo de las retransmisiones en directo del programa “El llamador”.

En opinión de muchos, también se ha echado en falta que ni el presentador ni la pregonera hayan destacado, respectivamente antes o después de la interpretación de “Amarguras”, que la famosa marcha oficial  -oficiosa la llaman ahora los prudentes-  esté celebrando por estas fechas el centenario de su composición.

Cabrera, titular de las Fiestas Mayores, estuvo como siempre: triste, apesadumbrado, monótono… quizás no pueda ser de otra manera en sus discursos, acorde con esa extraña mezcla de dar los grandes anuncios  -como el de la Semana santa-  desde su inseparable tono pesimista. Y para recordar a Rafa Serna dejó caer una de las perlas más falsas sobre quiénes somos: “Sevilla no olvida nunca a sus hijos más ilustres”. Lo que habría que discutir de eso. Lo que habría que hablar de hijos verdaderamente ilustres de Sevilla que engrosan, sin ir más lejos, la lista de aquellos que han tenido el honor de no dar el Pregón de la Semana Santa que han dado tantos plomos y tostones. Como si Sevilla hubiera sido justa, por poner un ejemplo, sólo un ejemplo, con su universal bailarín Antonio.

El Pregón fue cerrado por una calurosa y prologada ovación a la valentía de Charo Padilla por haberse atrevido con semejante reto. Tras los aplausos a un extenso himno de Andalucía y al de España, siempre recortado en movimientos, los cientos de asistentes salían del auditorio por vestíbulo y escaleras, llevando casi un mismo comentario decepcionado: “Ha sido un pregón demasiado personal, demasiado…”.




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