A mis cofradías voy, de mis cofradías vengo

Las hermandades sevillanas parecen agarrarse como a clavos ardiendo a sus cultos públicos, como los besamanos, que ahora con la pandemia se mal llaman actos de veneración, como si no hubiéramos venerado a las sagradas imágenes toda la vida. La Virgen del Refugio, de la Hermandad de San Bernardo, y Nuestra Señora de la Candelaria están celebrando los suyos este fin de semana, último de enero. 

Sabiendo de antemano que no habrá Semana Santa (sí, que no habrá, por más que el clero y los meapilas se empeñen en decir que sí y aclarar que lo que no habrá son pasos en la calle), sabiendo que no habrá Semana Santa las hermandades de Sevilla se amparan en esa especie de salvación en la que se han convertido los besamanos sin besos. Las vírgenes del Refugio y de la Candelaria los celebran este fin de semana.

Por suerte, algunos hermanos mayores y sus juntas de gobierno se sobreponen a la mala conciencia que los vergonzosos e inútiles políticos quieren hacerles sentir por convocar a estos actos y no haberlos suspendidos. No digamos lo que manejar las conciencias le gusta al clero, a los arzobispos, esos que se llaman pastores, el siniestro ambiente de las mitras.

Pero las cofradías han demostrado siempre e históricamente ser más inteligentes que la Iglesia en eso de hacer que nos encontremos personalmente con Dios. Si no fuera por las cofradías, los templos y sus misas estarían vacíos, como ya ocurre desde hace tanto en tantas partes. Echas veinte años más sobre una generación de viejos y personas mayores que se van muriendo, y a ver quién va a pisar una iglesia como no haya una cofradía en ella.

Si yo no llego a nacer en Sevilla y me hago hombre entre cofradías, no hubiese creído en Dios tan apasionadamente como creo. Hubiera sido imposible viendo a los arzobispos en los coches de lujo, que los llevan y los traen con chóferes, como si fueran estrellas de cine. Sin la humildad y paciencia de las cofradías para aguantarlos, yo no hubiera logrado mi fe, esa en la que el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza. 

Las cofradías, en Sevilla al menos y que yo sepa, nos llevan rápido y desde la misma niñez hasta Dios y su Madre. La Iglesia nunca tuvo la capacidad de conseguir eso. Ignora que Dios entiende de emoción. Y que cientos de sus aburridas homilías jamás serán inolvidables ni nos quedarán en el corazón como aquella primera vez en la que de niños fuimos un nazareno de Sevilla. Ojalá que vuelva pronto la Semana Santa, esa que no hay ni es sin pasos en la calle: el mejor Evangelio que sabe escribir esta ciudad. Palabra de Dios.

Imágenes de Beatriz Galiano

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