50 años de la llegada del hombre a la luna

La realidad hizo posible la ficción de Julio Verne. Fue increíble pero cierto, tan increíble que aún hay quienes ponen en duda que sucediera de verdad. Le llaman los negacionistas. Sin embargo, vimos lo que vimos: el alunizaje del módulo Eagle, la bajada primero de Armstrong y más tarde de Aldrin hasta la desolada superficie polvorienta herida por los meteoritos, eso que siempre hemos llamado los cráteres de la superficie lunar. Y las palabras de Armstrong que dejarían huella en la Historia: Es un pequeño paso para el hombre –ha querido decir para un hombre-; un gran salto para la humanidad. Y lo vimos desde España, por la televisión en blanco y negro de entonces, desde aquella España en la que si mirar hacia afuera ya era asombroso, no digamos mirar hacia la luna.

Nos lo iba contando la voz de Hermida desde Nueva York, que parecía ir adquiriendo más gravedad cuanto más la perdían y flotaban los astronautas. Todo fue como el sueño de una noche de verano. Pero había ocurrido, se había hecho realidad: el hombre había llegado a la luna, la misma que desde Sevilla había sido plata por las veletas, pergamino lorquiano o moneda grande y redonda con la que comprábamos cada Lunes Santo toda la gloria y esplendor de la entrada del Museo. La luna una vez alcanzada y mil veces cantada: en el rayito de Los Panchos, en la miel de Gloria Lasso para los viajes de novios, en el claro de Beethoven, en la serenata bajo su luz de Glenn Miller, en el hijo de Mecano, en la que le decía cosas a Rocío Jurado, la que parece que engañó a Los del Río y alumbró a Sinatra en Moon River, o la que jamás nos pidió Daniela Romo, pero que hace 50 años de la madrugada española en la que los Estados Unidos la conquistaron para el mundo.




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