Guisantes con huevo y jamón

Mirando tras los cristales en un día aciago de nubes, lluvia y cuarentena, pensando que más allá hay un mundo entero explorado y por explorar, una Sevilla única, vacía y yerma, se me ha venido a la memoria un viejo cuento infantil, el de los cinco guisantes. ¿Alguno no se lo sabe?, pues haré un resumen.

En una vaina vivían cinco guisantes. Eran verdes, la vaina era también verde y por eso creían que todo el mundo era verde. Creció la vaina y crecieron también los guisantes, colocados en fila. El sol calentaba la vaina y la lluvia la iba haciendo transparente. Los guisantes veían entonces más claro y con la madurez llegaron a pensar que tenían alguna misión que cumplir.

– ¿Querrá Dios tenernos siempre inmóviles? – decía uno de ellos-. Me parece que ha de haber alguna cosa fuera de esta cáscara que nos encierra.

Pasaron algunas semanas y los guisantes y la vaina se amarillearon.

– Ahora todo el mundo es amarillo – decían. 

De pronto, sintieron una brusca sacudida: era una mano humana que arrancaba del arbusto la vaina de los cinco guisantes y la metía en un saco con otras de su misma clase.

– ¡Gracias a Dios que nos sacaron por fin de aquí! Exclamaron a una voz los cinco guisantes.

Así me siento en casa, un guisante verde esperando amarillear para volver a respirar Sevilla y sentirla en los cinco sentidos. Por cierto, quien quiera saber más del cuento que lo busque en Google porque lo que nos vamos a poner a cocinar hoy son guisantes con jamón y huevo.

Como siempre y antes que nada deciros los ingredientes que vamos a necesitar. 

  1. Guisantes, hoy no me voy a poner exquisito y los de lata me van a valer, entre otras cosas porque no los tengo naturales ni sitio donde ir a comprarlos.
  2. Un buen trozo de jamón ibérico
  3. Un huevo por persona (de ave preferentemente aunque no soy nadie para decir que tienes que hacer con tus huevos)
  4. Cebolla, con media cebolla bastará.
  5. Ajo, dos dientes serán suficientes si son gordotes. En caso de no serlo, tres.
  6. Comino molido, seguro que tienes en tu alacena.
  7. Aceite de oliva del güeno güeno, ya sabes Oleoestepa o 1880, aunque si tienes Olibeas u Oleodiel también nos vale que son exactamente igual de buenos.
  8. Un pelín de harina. Un pelín es una medida de cantidad muy usada por las abuelas y todo el mundo debería saber su equivalencia en el Sistema Métrico Internacional y si los anglosajones no se quieren adaptar al SMI, yo tampoco. Así que un pelín es un pelín, o sea la cantidad comprendida entre una pizca y una miaja.

Lo primero que debemos hacer antes que nada es asegurarnos de tener unas buenas latas de guisantes en la despensa, en caso de no tenerlas no podrás hacer guisantes con huevo y jamón. Vamos, tú inténtalo pero creo que te va a ser imposible.

Ya los tienes ¿verdad? ¿Congelados? Jolines, nunca me lo pones fácil, bueno pues si son de los congelados lo primero que tienes que hacer es cocerlos en abundante agua, escurrirlos y dejarlos reservados para cuando los añadamos a la cacerola.

En una cacerola ancha vierte un poco de aceite, lo justo para que cubra el fondo, y a continuación añade la cebolla y los ajitos cortados en daditos muy pequeños. Sofríelos sin dejar que se doren y le añades los guisantes escurridos para dejarlos unos segundos mientras incorporas un vaso de agua hasta cubrirlos, es necesario que cuezan un poco aunque estuvieran previamente cocidos. En caso de usar guisantes naturales se procede de igual manera, el guisante es una legumbre que cuece muy rápido y se hace en seguida.

Añadimos el comino, sé generoso jolines, pon una cucharadita por lo menos y remueve bien para que todo quede correctamente mezclado. A continuación añade los taquitos de jamón como de un centímetro más o menos de lado. ¿Que los quieres poner en tiritas? Hazlo. ¿Que los quieres poner en lasquitas? Hazlo. ¿Que quieres poner de esos que ya vienen en paquetitos? Ni se te ocurra, un jamón malo puede cargarse tus guisantes. ¿Que no tienes otra cosa? Pues nada, haz lo que quieras, en tiempos de cuarentena, comida de batalla. De eso hablaremos otro día, de comida de guerra y de postguerra. 

¿Todo preparado? Pues ha llegado el momento de añadir los huevos previamente cascados y sin su cáscara, ya sabéis lo que pienso de la cascara del huevo, es solo su envase y no es apta para la cocina. ¿A que nunca echarías el envase del aceite a la comida? Pues igual con las cáscaras de huevo (y recuerdo, siempre de ave). Una vez que hayamos puesto los huevos sobre los guisantes es importante evitar que se rompan, los queremos medio cuajados, no rotos. Sé precavido y asegúrate de que los guisantes tenían suficiente salsita como para que se puedan cocinar los huevos, de no ser así se  pegaran al fondo y tendrás que comer alguna lata de Litoral en vez de guisantes. Tápalos con la tapadera de la cacerola, siempre mejor con eso que con un jersey de invierno ya que aparte de no conseguir nada podemos estropear el jersey y los guisantes y además ¡Qué puñetas! Las tapas de cacerola se hicieron para algo.

Déjalos así hasta que veas que los huevos empiezan a cuajarse, es el momento de servirlos.

Y te preguntarás ¿para qué sirve la harina? Pues muy fácil, la harina sirve para espesar la salsita si se ha quedado muy líquida, nada más. 

Yo he utilizado los taquitos que he sacado de una pata de jamón (qué redundancia, como si los jamones pudieran ser de otra cosa que no sea pata) aprovechando que ya se podía sacar poco de ella. 

Hoy ha sido fácil, rápido y muy sabroso. Jugar con el dulzor de los guisantes y lo salado del jamón hace que sea una comida deliciosa a la par que nutritiva. Y si no quieres hacerlos puedes comprar una lata de esas que ya vienen cocinadas de guisantes con jamón que están muy conseguidos para tirarlos a la basura.

Y lo mejor de todo, en ningún momento hoy te he mandado bajar al chino para que compres nada de última hora, así que ¡Buen provecho! Y a disfrutar de esos guisantes que a buen seguro te han salido riquísimos.

Lo próximo más gastronomía de batalla con este aprendiz de cocinero que siempre queda a vuestro servicio.




 

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