Toros en Sevilla: Las verónicas de Juan Ortega evitan una tarde plana

 

Pasado el día de las emociones del retorno, tocaba que esta inaudita Feria de San Miguel siguiera su curso y lo hacía con un cartel sin rematar, si de Sevilla hablamos. Juan Ortega lleva toda la temporada muy bien situado y de Jose Mari Manzanares nada hay que decir. Pero resultaba chocante la presencia de David Fandila, el Fandi, torero honrado donde los haya, pero… Si a esta ecuación le unimos que los toros eran de Jandilla, la única explicación posible debe de estar en los despachos taurinos, ese insondable mundo.

Y se da otra circunstancia. El torero granadino está tocado por la varita y es habitual que en los sorteos se lleve los mejores lotes.

Ayer no fue una excepción, pero, a pesar de eso, Fandila pasó sin pena ni gloria por Sevilla. Hizo gala de su extraordinaria condición física al poner las banderillas -por extraño que resulte, dada su habilidad como consumado rehiletero, se quedó sin toro en el segundo par a su primero- y poco más.

Dos magníficos animales se fueron con las orejas puestas a pesar de haber sufrido pases, pases y más pases, aunque cosecharon sendas ovaciones en el arrastre. Porque hay veces que los aplausos no son para alguien, sino contra alguien.

Pero vamos a las cosas buenas que hubo en esta segunda de San Miguel, en la tarde del 19 de septiembre.

¡Hay que ver cómo torea Juan Ortega! Qué gusto más exquisito, con qué dulzura lancea, cómo mejora cada uno que da, cómo lo hace llegar al tendido, despojado del exceso de academicismo que todo lo enfría.

Fueron seis verónicas primorosas, inolvidables las tres últimas, y una media enrollándose en el capote aún mejor. El quite por chicuelinas andándole al toro para volver a situarlo en el caballo con la media final, pleno de torería y sabor.

Pero en la muleta, con los tendidos mudos de expectación, algo pasó. El toro, tercero, que había ido bien, se vino abajo acusando la falta de fuerzas y dejándose, de camino, la bravura en algún sitio: punteos, algún tornillazo, ahora se acuesta en medio del pase… Total, que ná de ná. 

A la hora de matar, media tendidilla que no hace daño y cinco descabellos. Cinco; pero eso pasa, las verónicas se quedan y por eso el trianero se llevó la ovación que se llevó.

Claro que puede resultarle extraño, paciente lector, que no hayamos dicho nada de la única oreja de la tarde. Y aún habrá que esperar.

Porque la faena de José Mari Manzanares al quinto, su segundo, puede tener hasta más peso.

Fue un toro brusco, con genio para defenderse, que calamocheaba y que en cada pase embestía de una forma distinta, desigual, lo que dificultaba aún más la faena. Así que el diestro de Alicante se arremangó y se puso a currar, porfiando con el morlaco ahora por la derecha, luego por la izquierda, tratando de atemperarlo y de no darle motivos para la protesta. Dos series, una con cada mano, certificaron el triunfo de torero sobre el toro antes de que lo pasaportara con una buena estocada.

Manzanares cortó la única oreja de la tarde al segundo, herrado como Vegahermosa, un buen toro, con un potable pitón derecho. Volvimos a ver el toreo elegante y profundo de este matador, con buenas series por los dos lados, no tan buenas las de naturales, porque no era ese el sitio. La faena fue correcta, pero, sin saber por qué, siempre dio la sensación de que estaba faltando algo.

Lo que no faltó fue el estoconazo -pelín desprendido- marca de la casa.

Una vez pasada, y excepción hecha de las verónicas del debutante Ortega, dio la impresión de que había sido una tarde de transición, casi plana, a la espera de nuevos retos.




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