Sanlúcar de Barrameda: ¡Ah! Y el Juli indultó a un toro
Pablo Aguado vuelve a la senda del triunfo con dos orejas en el coso del Pino

Un veterano aficionado sanluqueño se dirigió a este cronista: “Que sepa usted que ahora, con el último, vamos a disfrutar de Pablo Aguado”.

Y salió el sexto de la corrida de la Feria de la Manzanilla. Comunero de nombre, colorao chorreado, listón, remató bien en tablas, acudió pronto y bravo a los engaños.

Y Aguado se fue para él.

Buenas verónicas de recibo, mejor por el pitón derecho porque por el izquierdo se enganchaba. Decisión, torería, un animal que parecía valer…

El sevillano cuidó a “Comunero” en el caballo y tras un buen y rápido tercio de banderillas, armó la muleta. Es tanta la expectación que levantó hace dos años que se le espera con al aura de que lo que haga él no lo va a poder hacer nadie. Por eso las plazas se callan y el silencio se puede cortar.

Tras un trasteo que ya deparó detalles de clase y torería y una serie para acoplarse, llegó la verdad. Una tanda de derechazos rematados con un precioso cambio de mano marca de la casa. Un molinete de repertorio para empezar dos series de naturales, en las que Aguado sorteó con oficio y arte los problemas que ese pitón ofrecía.

Volvió a la derecha para finalizar su faena con unos redondos a media altura templados y largos.

Se tiró de verdad a matar y el pinchazo dolió en los tendidos de Sanlúcar. Volvió a hacerlo y el estoconazo acabó con el noble y enclasado toro de Santiago Domecq y devolvió a Pablo Aguado a la senda del triunfo.

No estuvo bien el torero de Sevilla con sus dos primeros toros. En ambos dejó esos detalles que sólo tienen los elegidos, pero parecía que las consecuencias -no sólo físicas- de la cornada de Vistalegre podían con él. Para destacar, unos lances de recibo de ensueño a su primero con media de cartel y una buena tanda de derechazos en su segundo.

Sin embargo, a pesar de ser dos faenas correctas, en ningún momento llegaron a explotar. Esos dos toros de Santiago Domecq -ojo, igual que el sexto- necesitaban un poco más de pique que añadir a su nobleza, que se puede tornar en bobalicona por ese déficit.

Y el calvario fue la espada. Cinco pinchazos y tres descabellos al segundo, con aviso, y estocada atravesada que hizo guardia, pinchazo y descabello al cuarto. El rostro demudado que mostraba poco antes de que su segundo cayera no hacen sino añadir épica a cómo Pablo Aguado remontó para poder pasear dos trofeos para cerrar la plaza.

Y resulta que Julián López, “el Juli”, indultó un toro, el tercero de la tarde, de nombre Faraón, noble como él solo, repetidor hasta la extenuación, con clase… Y con la misma casta justita que todos sus hermanos.

Un buen quite por chicuelinas, un trasteo rodilla en tierra para calentar al personal y varias series que el toro se tragaba una tras otra.

Listo como él es y palpando el ambiente, Julián se despatarró y se volcó sobre el albero en tres series con la mano muy baja. Con la espada de verdad en la mano y los tendidos pidiendo el indulto, el madrileño dio una serie cambiándose la muleta de mano en cada pase, una vez por delante, otra por detrás, para que Faraón acudiera presto a todos ellos y se ganara así el pañuelo naranja.

Tanto en el primero como en el quinto, Juli demostró porqué lleva 23 años siendo considerado un torero poderoso. Se hartó de pegar pases a sus enemigos, una veces con más suavidad, otras tirando de tremendismo y siempre estando muy por encima de los nobles morlacos de Santiago Domecq.

Un indulto siempre es un acontecimiento, es la realidad. Y también es realidad que al finalizar la corrida, de paseo hacia la plaza del Cabildo para tomar una copita, se oía a los aficionados comentar lo sucedido. “¡Qué bonito torea!”. “Es verdad que es distinto a todo”. “A ver si arregla lo de la espada”. “Deberíamos ir a Morón…”. El indulto de Faraón tuvo que competir con el toreo caro. Y no está claro que ganara.




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