Morón de la Frontera: Los toros de Murube y Juan Pedro restan arte al cartel del arte
Juan Ortega cortó la única oreja mientras Urdiales y Aguado chocaron contra enemigos imposibles

Pasaron cosas ayer en la corrida de toros de Morón de la Frontera, la corrida del arte (Urdiales, Ortega y Aguado). Muy pocas fueron buenas. Todo se había cuidado con mimo en la preparación del festejo, pero el que pone a cada uno en su sitio puede ser mimado hasta el extremo y luego no dar resultado.

De entrada, chocó que Diego Urdiales y Juan Ortega echaran por delante sus toros de Murube y Pablo Aguado,  por contra, lo dejara para el final y prefiriera enfrentarse en su primer turno con el de Juan Pedro Domecq.

Tienen los toros de La Cobatilla fama de enclasados pero justos de fuerza y los dos primeros la justificaron. Y por eso el público que casi agotó las entradas (quedó poco papel) pudo disfrutar de los mejores momentos de la tarde, los espectaculares lances con que Urdiales y Ortega recibieron a sus enemigos, muy lentos y templados en ambos casos y luchando -en eso también coincidieron- para evitar enganchones, ya que el primero salió con un el pitón izquierdo escobillado y el segundo, con el derecho astillado.

Ambos se cayeron por primera vez al entrar el caballo y luego apenas sirvieron para la muleta. Urdiales tiró de oficio para sacar una serie de naturales en la que sólo faltó el toro y Ortega, lo mismo para arrancar cuatro muletazos y poder dar por terminada la faena.

El tercer Murube fue lidiado por Pablo Aguado para cerrar plaza y no tuvo nada que ver con sus hermanos. Fue, sin duda, el de más fuerza y, también sin duda, el de menos clase. El sevillano trabajó mucho y lo intentó todo para sacar sólo algún muletazo suelto y una serie de derechazos. El final fue un sainete, con media estocada atravesada y ocho descabellos, dos avisos y el fantasma de los corrales sobrevolando la moderna y funcional plaza de Morón de la Frontera.

Los de Juan Pedro Domecq se lidiaron seguidos -3º, 4º y 5º- y tampoco dieron para el lucimiento, aunque uno de ellos, el 5º, se fue con una oreja de menos, la que generosamente le fue otorgada a Juan Ortega.

Propició un buen tercio de banderillas para que el trianero se doblara luego con mucho arte. Durante la faena, “Reñidor”, que así se llamaba el toro, ofreció complicaciones, porque se daba la vuelta  y no dejaba a Ortega acoplarse ni ligar muletazos, pero aun así, éste pudo enjaretar una meritoria y trabajada faena. Una buena estocada le puso la oreja de su enemigo en la mano.

Urdiales quiso recibir al 4º como acostumbra, pero no hubo forma. Sólo en banderillas se pudo disfrutar algo, mientras que una imposible faena de muleta, lastrada por las malas condiciones del toro y mientras anochecía, puso un punto lánguido a la fría tarde.

Y el primer Juampedro, tercero de la tarde, dio pie a uno de los espectáculos más desagradables que se puede presenciar en una plaza hoy día: Ver a un torerazo como Pablo Aguado teniendo que fajarse y con la pelea contra su toro como único recurso posible.

En resumen, un cartel con el que todo el mundo taurino soñaba, una modélica organización a la que no se le puede poner un pero… Y un desarrollo del festejo lastrado por el juego de los toros. Decir que Diego Urdiales, Juan Ortega y Pablo Aguado estuvieron por encima es menospreciar a estos tres torerazos.




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