Ya huele a Feria… en los balcones

Altares para el Corpus en los escaparates…, altares para la Semana Santa que se consumió sin cofradías en la calle…, altares navideños en los balcones con Jesús en el pesebre y el Papá Noel rebrincado en una escalerilla de mano… y, cómo no, altares también para la Feria de Abril que no existió, pese al empeño del alcalde en vestir de simulacro malagueño el centro de Sevilla.

 

 

Unan todo eso en un gazpacho y, ¡halehop!, ahí lo tienen: un altar de farolillos y lunares, de macetas y flamenquitas, de mantoncillos y sombreros de ala ancha, de peinecillos y volantes, para rememorar el espíritu feriante, guardado un año más, como la túnica, el antifaz y el esparto, en la bolsa de las nostalgias.
Sevillanos de ¡a la gloria! enviados al infierno. No a la calle de ese nombre, único vestigio triste puesto en pie otro año más por la pandemia, sino al infierno de las ganas contenidas, de la frustración por no poder celebrar la primavera si no es en un campo de amapolas destrozado por las ansias de otra Feria robada por la irresponsabilidad de un 8-M lleno de sectarios.

La belleza es esa gasolina emocional que al sevillano le llena el depósito del alma para todo el año, para recorrer los largos kilómetros vitales de doce meses y sobrellevar las otras rutinas cotidianas con la esperanza de volver un año más a disfrutarlo.

No nos soportamos ni a nosotros mismos sin nuestras tradiciones, sin nuestros ritos y liturgias, las que nos atan con la infancia y nos ayudan a celebrarlo sin descanso.

¡Ya huele a Feria… en el alma, pero sin Feria!

 

 

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