La opereta bufa en el Capitolio y un “golpista” agradece a la Policía que les hayan ayudado a entrar
"¡Y harfavó de no pisarme lo fregao!", parece decirle

En la nación más poderosa del mundo se ha escenificado un teatrillo bufo, una parodia, y se ha armado un circo colosal…

 

 

Es como si el Teatro San Carlo de Nápoles o la Scala de Milán hubieran cedido el escenario a una pieza de colegio y quisieran convencernos de que se trataba de un estreno que había reunido a María Callas y a Caruso en pleno siglo XXI.

¡Un golpe de Estado!, grita alarmada Nancy Pelosi, mientras sale huyendo del despacho dejándose olvidado el teléfono móvil con los secretos sabe Dios sobre qué cosas, pero incluyendo los mensajes a la mucama de que hoy toca limpiar la plata del salón.

A Mike Pence, el vicepresidente, se lo llevan los de la policía secreta bajo el brazo por los túneles del Capitolio, no sea que se encuentre cara a cara con unos tíos con disfraz de Pepi Mayo listos para abordar los cuplés de una chirigota en mitad de la sala de sesiones de la Cámara de Representantes.

Hay dos: uno con disfraz de cazador de patos en el suelo y que sangra un poco porque dice, aburrido de cojones, a la telefonista que han debido dispararle con una bala de plástico (sic); y luego el otro, un tío con andares de bajarse de los coches locos con un pito de caña, con disfraz de búfalo como un comanche, un sioux o un mohicano, no sé, igualito al Yuyu, seguido a varios metros por un policía regordete (bueno, francamente obeso) y con mascarilla que parece que viene a echarle de comer a las palomas y que le recuerda al indio de pegote, tan tranquilo: “Pishita, ten cuidao, que ese es el sitio más sagrado, por mi mare, que es donde se pone el cura a predicar, vayas a arañar los muebles de caoba y la cagamos, que la cosa está fatá”…, o algo parecido.

En el otro video se ve que luego debió llegar más gente, hasta una veintena de personas o poco más, pero mala suerte, porque uno de los majaretas se sube a la tribuna, con los policías cruzados de brazos, agarra un megáfono de los chinos y se pone a dar gracias a Dios por haber otorgado la inspiración necesaria a los de la pasma por ayudarles a estar allí…

 

 

¿¡Cómo!? ¡Que sí, hombre, que sí! Que dice el fulano, mientras los demás están buscando si alguien se ha dejado olvidado el móvil o las llaves en sus escaños con las prisas, que hay que agradecerle al servicio de policía del Congreso que les hayan facilitado la visita hasta ese sitio para poder decirle al mundo que los comunistas, los tiranos y los globalistas nunca lograrán sus objetivos de convertir su país en un gulag.

Mientras tanto, en los pasillos del Capitolio, una tropilla de vejetes del Inserso con mochila, botella de agua y gorra de los Lakers, visita las instalaciones hablando bajito para no molestar y se hace selfies con los polis y con los cuadros de George Washington de fondo no sea que al volver a casa la parienta no les crea cuando les pregunten: “¡A ver dónde te has metido toda la mañana y sin llamar, so golfo, que tengo la mesa puesta y creí que te habrías perdido con el Alzheimer que tienes! Seguro que vienes otra vez de vino hasta arriba y sin ganas de comer… ¡Y harfavó de no pisarme lo fregao que te arrastro, leñe!”

Y así todo. ¡Qué bien lo pazemo…! ¡Chimpún!




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