Fernando Simón confirma ante toda España que es tonto de capirote y le regalamos un calendario de la Semana Santa para todo el siglo

Dice Fernando Simón, ese augur, ese pitoniso acientífico que consulta las curvas de casi todo en los hígados de una oca (previamente escabechados y convertidos en micuit del caro)que él no sabe cuándo cae la Semana Santa, aunque la ministra previamente y por otro lado reliaba su discurso en torno a la posibilidad de recuperar el turismo, tan necesario para España, para esas fechas.

 

 

A Simón, en realidad, lo q le importa y le interesa, no son las fechas de la Semana Santa ni de nada, sino la hora de quitarle las pelusas al chaleco gordo y las olas de Portugal para hacer surf con el país entero confinado. O en su defecto, la pesca submarina sin anzuelo junto al rubio de la tele para echarse unas risas mientras las morgues le rebosan.

También le gustan mucho las fechas de fin de mes, cuando le meten en la cuenta los tres complementos de productividad y los 5.000 y pico pavos de salario mejorado sin tener titulación ni conocimientos ni experiencia para ejercer de saltimbanqui en este gobierno circense.

Y cómo no, le produce cierto interés, por el qué dirán las comadres de su causa, la fecha de celebración del día de las “solas y borrachas” del 8-M, cita marcada y protegida en su calendario particular de curvas kilométricas y contagios millonarios.

Pero eso de saberse, siquiera por la ruina que él ha provocado con el “como mucho habrá algún caso marginal”, la fecha del Domingo de Ramos, de Resurrección o el Jueves Santo le resulta casi extravagante, cosa de fachas, tanto al menos como el tío de su señora, el ex ministro Romay Becaría, el que lo colocó a dedo y por la cara en ese puesto donde lleva sin pegar un sello desde entonces.

Es un insulto permanente a la dignidad de los españoles, que no merecemos un tipejo tan desahogado al frente de una catástrofe como la que él ha generado con su eterna estupidez y su permanente desparpajo irresponsable.

Péguenle, por Dios, un calendario de El Lllamador en el corcho de la pared de su despacho y, a ser posible, regálenle una túnica, unas sandalias y un esparto. Al menos para poderle llamar con toda precisión y justicia que este tío es “tonto de capirote”.

 

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