Y sin embargo es España

Vemos las imágenes de Cataluña ardiendo como si fueran las del Líbano, como si el telediario estuviera dando una más de las noticias de guerras que nos han dado toda la vida. Siempre nos quedaba todo muy lejos, en esos lugares donde se contaba un mundo vacío de nuestros contenidos más naturales: un paseo por el parque, un abrazo cordial entre dos que se encuentran por la calle, el beso de dos enamorados y hasta el canto en Navidad de un villancico por campanilleros… tantas maravillosas rutinas diarias, necesarias e imprescindibles como el comer.

No nos cabe lo que está saliendo en la tele. En estos días y sobre todo en estas noches, la pantalla es un escudo más potente que el de los Mossos. Nos protegemos tras ella del terror de los incendios. Y la apagamos a cada episodio como quien sigue los capítulos de una de esas series y culebrones interminables. Ahora sí que es un mando a distancia. Ese horror de allí empieza a quedarnos apartado, tanto como si aquello fuera Siria o Turquía. Y sin embargo es España.




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