Romance de valentía 

De lo de Enrique Ponce sé algo, por no decir mucho; pero siempre es mejor lo de “algo”, siempre es mejor no ir de sabiondo y mantenerse a raya justo donde la humildad puede alocarse y pasarse a la arrogancia.

De lo de Enrique Ponce sé algo sin necesidad de ser paparazzi ni seguir sus movimientos con Ana Soria. Sé algo sin tener que enfocar el objetivo de largo alcance de una cámara capaz de seguir las rutas hasta donde el corazón los lleve.

Estoy casado con una mujer, una chiquilla, treinta y ocho años menor que yo. Entre Enrique Ponce y Ana Soria hay una diferencia de diez menos que en mi caso, el torero le lleva veintiocho. Por eso percibo que está reescribiendo una vieja copla de luna blanca sobrecogida por el valor de un chaval. Enrique Ponce desafía ahora peligros de habladurías a plena luz del día, acercándose a los labios los besos que sabe que le pertenecían más tarde o más temprano, los besos que son suyos, los que le estaban esperando al otro lado de un matrimonio finalmente apagado del que nadie tiene derecho a hablar. Porque ¿qué sabe nadie de lo que pasa en un matrimonio?

Enrique Ponce está ahora mismo donde la vida le ofrece la gran oportunidad de salir al más bello ruedo que un hombre pueda pisar, sobre una arena dorada de playas por las que una música feliz hace sonar su romance de valentía.


Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *