La licencia sevillana de exagerar

En Sevilla se puede ser tan enano como para andar por debajo de la cama vestido de nazareno. También se puede ser más largo que un día sin pan y más pesado que una vaca, o más tonto que mandado a hacer. Nos gusta exagerar porque nos va lo grande. Así llamamos hasta al poder de Dios, colosal a una Inmaculada o barco a los pasos de misterio. Tenemos cinco esperanzas que nunca se pierden. Somos las generaciones venideras que tomamos por locos a quienes construyeron una catedral. Esta es Sevilla, así es Sevilla, tan irremediable como fascinante. Aquí fue donde un niño no comía caliente desde que se cayó de boca en el brasero. Y donde toda una plaza de toros le pidió que soltara de una vez el tocino y la pringá.




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