Juan Espaldas

La ciudad de los motes y los apodos, la Sevilla que te rebautiza a poco que te descuides, parece haberle encontrado al alcalde su nuevo nombre: Juan Espaldas.

Dicen que se lo ha ganado a pulso en su lamentable política para una Sevilla sobre la que sólo sabe trazar líneas fantásticas, sin los contornos reales que abarquen sus vacíos y carencias, sin los alcances de las verdaderas necesidades, una política de caos y desordenada, propia de un inepto para perfilar líneas maestras y con visión de futuro.

Pero al alcalde de Sevilla le va lo imaginario, las inspiraciones de naturaleza socialista al fin y al cabo, el establecimiento fugaz de lo transitorio que nace ya con vocación de derogable para cuando llegue otro y borre sus garabatos del mapa de una ciudad única que el Ayuntamiento ha convertido en vulgar.

Le llaman Juan Espaldas en cuanto se vuelve, que también eso es muy de aquí. Le llaman así porque dicen que todo se lo echa atrás, que las críticas  -como Sevilla-  le importan un bledo. Y que no hay que extrañarse ni indignarse: es la consecuencia de su filiación al PSOE, un partido totalitario que ha mandado a paseo su O de obrero y que ha abierto una puerta en el tabique que ahora permite el paso al comunismo venezolano.




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