Illa-Illa oh

El ministro cree posible un rebrote del coronavirus cuando llegue octubre. Si es por el ministro metido a Rapel, no hay que preocuparse. Fallará para suerte de todos como no ha parado de fallar en estos meses. Por equivocarse no ha sabido ni contar los muertos. A no ser que se haga el tonto y haga la vista gorda como el 8 de marzo para el feminismo, ese feminismo que aún tiene pendientes de rendir las cuentas de las mujeres fallecidas por contagio, ese feminismo al que salió del chocho de la talla treinta y ocho convocar a miles de mujeres cuando ya se sabía que el virus estaba entre todos.

Illa-Illa oh no tiene a estas alturas la más mínima credibilidad sanitaria para aventurar un repunte al acercarse el otoño. No tiene credibilidad ni prestigio siquiera ante el personal médico.

El ministro -que ya es decir- y de Sanidad -que ya es decir aún más- tiene uno de esos rostros que traen en sus rasgos el destino que les aguarda. Se diría que Illa- Illa oh venía para la comicidad. Es como una especie de Buster Keaton con gafas, en la invariable cara de travesía de incontables desgracias. Pero algo se cruzó por su camino y los nuestros para terminar padeciéndolo en esta comedia de enredos que ha sido su gravísima gestión. Si algo se puede atrever a predecir es su horizonte penal.

El caso de Illa-Illa oh parece uno de los más representativos de una época en declive que ha posibilitado que los puestos más importantes los ocupen los más tontos, en virtud de esa idiotez llamada democracia, por la que se facilita que cada hombre -incluso los más estúpidos e incultos- sean un voto.

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