“Está llorando Sevilla, y ni Sevilla se entera…”

Hoy no es la noche del pescao frito. No. Ni comienza a partir de las doce la Feria de Abril. No hay alumbrado por más bombillas que hagan parecer de su terraza un Belén. Que no hay Feria, que no empieza. Que solo es abril. Ni lo sueñen siquiera. Ni esperen a mañana para despertar en ella. Por mucho que usted se empeñe en sacar a su balcón lonas, pañoletas, farolillos, y haga de su solería una pista de bailes por sevillanas, las jalee con guitarras y sirva rebujitos sin tickets ni libretas donde apuntar la larga cuenta pendiente de la alegría, la Feria no se inaugura hoy. Mire hacia los terrenos de Los Remedios y caiga en la cruda realidad. No hay palmas de alegría para una ciudad que, como en Semana Santa o en los entierros de artistas, entiende de palmas de luto, pero las distingue de palmeros. Es tiempo de palmas sordas, como cuando se escucha a un cantaor que llora por soleares. Son esas palmas por lo bajo que se tocan a compás del respeto por lo que duele, palmas que no ahogan un llanto amargo. Palmas que no tapan ni esconden un drama. Palmas como pidiendo permiso. Es ese sonido seco de llamadores de pasos que va, cuando llega la hora, en nuestras más solidarias manos.

Decir que la Feria está hoy en nuestras casas es como alojarla en nuestras almas. Allá cada cual con la suya. Si esta noche me llega el eco de una sevillana mientras otros agredan el aire de la triste noche que cuenta ya en su negrura más muertos que estrellas, es aquella que decía: “Está llorando Sevilla, y ni Sevilla se entera…” Como siempre. 

Mi pésame a Sevilla.

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