Dulces con sabor amargo 

El arzobispo Asenjo ha entendido tan poco de Sevilla durante los años vividos en ella, que mientras se presentan los dulces de los conventos él habla de amarguras. Y mezcla las viandas navideñas con las torrijas semanasanteras.  

Como hace doce años que entró en Sevilla pero Sevilla aún no ha entrado en él, dice que caso de suspenderse otra vez la Semana Santa “no pasa nada si no podemos sacar los pasos a la calle”. Menos paso quiero, arzobispo: eso de que no pasa nada sólo se le ocurre a quien le dio la estampa de La Macarena a su secretario. Y comparar no salir por una pandemia con quedarse en el templo por la lluvia, es tan incomparable como equiparar el asomo del Gran Poder a su Plaza en plan aforo VIP con la carrera oficial desde la Campana a la Catedral. “Tampoco se hunde el mundo”, asegura Asenjo. Claro que no. Tampoco pasa nada ni nos hundimos en la tempestad del mar de Galilea si no hay arzobispos, ni papas, ni clero alguno. Ya está Dios para eso. Y no hay que pedirle ni ayuda. ¡Pues anda que no es nada el Amor de Dios!




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