Contar el tesón humano de Julio Iglesias

 

De un gran hombre siempre hablará su lucha. Los mejores tienen un grupo sanguíneo inclasificable, imposible de registros para el DNI. Toda mi vida ha sido el incansable afán por aprender de ellos. De ahí mi afición a leer biografías, un género equiparable a ir al gimnasio. Musculatura del espíritu. Cada vez que sentía cómo los desánimos me pisaban los talones, las grandes vidas escritas a base de esfuerzos titánicos conseguían impulsar la mía más allá de la amenaza de las rendiciones. Al final, lo que más me importaba de un cantante, un torero o un científico no eran tanto cómo cantaba, toreaba o su descubrimiento, sino perseguir a través de cada uno el rasgo común y valiosamente humano de la tenacidad. Edison, Pavarotti, Disney, Fleming, El Cordobés, la Caballé, Sinatra, Franco, Dalí, Severo Ochoa, Espartaco, Raphael… Ahora estoy en la segunda biografía de Julio Iglesias (ya leí hace años la primera, “Entre cielo y el infierno”). Es un personaje como una terapia. Admirable. Un patito feo que acaba siendo adorado en todo el planeta. Y una vez más, en realidad los triunfadores no me interesan tanto por las páginas en las que alcanzan el triunfo y la fama, sino en los primeros capítulos por los que aún transitan los renglones del anonimato y no desfallecen hasta llegar a la meta. El director de cine Óscar García Blesa se ha encargado de escribir  -y muy bien-  esta historia de una admirable voluntad de hierro que se llama Julio Iglesias: el artista que empezó sin saber dónde colocar las manos, pero llegó a estrecharlas con las de Sinatra.

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