Profanadores y cómplices
Carta al director de Gonzalo García Yangüela, bisnieto del general Queipo de Llano

Tras las recientes profanaciones de las tumbas de mis bisabuelos Gonzalo y Genoveva y de la del General Bohórquez, hay dos aspectos principales a considerar.

El primero sería el más evidente, y ya Nicolás Salas dejó escrito punto por punto cómo se produciría: Hay una parte muy pequeña de la sociedad que elabora un relato absolutamente ajeno a la realidad y lo repite machaconamente. Otra parte de la sociedad primero no se atreve a discutirlo, por no ser señalado, y pasado algún tiempo acaba no sólo aceptando el relato sino colaborando a su difusión e imposición como versión oficial indiscutible. Como ejemplo, la difusión de charlas absolutamente apócrifas y sin ninguna base histórica, recreadas incluso por actores y emitidas en medios, y la aceptación acrítica de las mismas como supuesto documento histórico en el que todo un ministro se “basa” para decir barbaridades desde un estrado público.

El segundo es mucho más doloroso, porque aunque se usan de excusa los nombres particulares de Queipo, de Bohórquez o de quien toque en cada momento, la realidad es que aludiendo a las versiones oficiales construidas ex profeso se imponen normas dictadas por el poder político que afectan aspectos sobre los que no tienen jurisdicción. Y no sólo eso, sino que los obligados a defender esos aspectos callan, bajan la cabeza y/o colaboran estrechamente con quien dicta esas normas despóticas. Así, los responsables de unos templos, que según acuerdos internacionales son inviolables y que tienen su propio derecho para fijar quién puede o no puede estar allí enterrado, aceptan que el poder político disponga sobre ellos. Para hacerlo hoy usan la acusación ad hominem. Para hacerlo mañana no les hará falta. Podrán dictar qué puede o no puede haber en un retablo, qué puede decirse o no decirse desde un ambón. Y los cobardes tendrán que decir, como han dicho hoy que “como no puede ser de otra manera, siempre vamos a cumplir la ley”, añadiendo raudos, para evitar dudas: “y lo estamos deseando”.

El juicio que de verdad importa sobre Gonzalo, sobre Genoveva, sobre Francisco y sobre todos aquellos cuyos restos quieran profanar ya tuvo lugar. El juicio manipulado y artificial construido por bien pagados profesionales de lo que llaman “memoria” puede tener peso en las leyes humanas, pero no podrán cambiar la realidad. El juicio que debería importar a los profanadores llegará. Y en el mismo banquillo se habrán de sentar aquellos que recibieron el encargo de defender los derechos de Dios y de su Iglesia y, en lugar de ello, corrieron a que no les quitasen el carné de demócratas y gentes de progreso. Dios se apiade de ellos.




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