¡Buenos días! Lunes Santo

¡Buenos días! Nos vimos. Se hizo el sol con su sitio. Se abrió paso entre una bulla de nubes. Y presentó su abono y credencial de luz de Semana Santa. Y nos vimos. Otro año nos vimos en la cita invariable, esa que nunca hemos necesitado acordar. Siempre supimos los dos el día y la hora. Siempre Lunes Santo. Podríamos haber quedado hasta escritos en los Anales de las Cofradías de Juan Borrero. O que nos hubiera contado incluso algún pregón de los que buscan los lugares más íntimos del alma de los sevillanos, de su anecdotario oculto, de sus emociones más secretas. Los faroles delanteros del Señor caído se fueron asomando poco a poco entre los dos naranjos que flanquean la puerta, en ese avance medido de partitura magistral de Pantión, que me hace recordar lo que en otro caso percibió Strawinski en Sevilla ante un palio: “Estoy escuchando lo que veo, y veo lo que estoy escuchando”. Después salió Ella, mirando hacia arriba como si me señalara, en un lenguaje de confianza en lo eterno, el Paraíso prometido a los que partieron. Se fue hacia San Vicente mientras sonaba “Tus Dolores son mis Penas”. Y yo te agradecía otra vez que tus manos hubieran sido mi infancia.




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