¡Buenos días!

¡Buenos días! Solicito hoy cobijo y ayuda a un maniguetero de La Soledad. Vencido, como todos, por la Semana Santa que toca a su fin, te pido amparo para ir con Ella como vas tú. Acógeme al lado de su silencio, procúrame un sitio contigo en su ribera. Su paso ha puesto límites a la agitación de estos días, la de las zozobras e incertidumbres de una Semana Santa que dejó tantos vacíos. Pero todo alrededor de la Soledad es ya de otra manera, una serena manera como la de su íntimo llanto, íntimo por más que lo derrame ante todos. Mi respiración queda tranquila, las palabras parecen ya fuera de la Semana Santa, empiezan a hablar de otras cosas, de mañana, de pasado, de tantos afanes venideros… Apenas tiene ya acceso el eco de las bullas deshechas y buscando este año la nada. Si la Soledad saliera, no será, aunque llegue a parecerlo como lo parece en cada Sábado Santo, no será el último paso. De verdad de verdad, de verdad de la buena, el último paso de cada Semana Santa es el del tiempo. Y como dice la oración sencilla y popular en los labios de tantos devotos de la Virgen de San Lorenzo: Madre, que pueda verte otra vez el año que viene…




Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *