¡¡¡Buenos días!!!

Buenos días!!! Hoy es martes y trece. Temor para los supersticiosos. No me encuentro entre ellos. Tampoco me afecta una mala leyenda sobre los simples martes, sin trece siquiera, que ya escuché desde niño en los refranes que para diversión de sus nietos repetía nuestro abuelo Rafael: “Martes, ni te cases ni te embarques, ni vayas a ninguna parte”.  No rehuyo pasar por debajo de ninguna escalera, que se derrame la sal o que se sume a una reunión alguien a quien los demás han colgado el sambenito de gafe. Rechazo de inmediato que me propongan leerme las líneas de la mano, proclamarme la buenaventura, echarme las cartas o esperar mi futuro según me lo pronostiquen los horóscopos. Salvo en los ojos de la Esperanza, jamás deposité mi vida en todo eso. Y mucho menos en acogerme a la variopinta santería de poner velas a los abogados de lo posible y lo imposible. Creo que la fe en Dios no hace buenas migas con las supersticiones, porque son dos formas de andar que nunca pueden tomar juntas el mismo camino. Y en cuanto a los santos, estando a mi alcance de hombre hablar directamente con el “jefe”, ¿a qué necesitar de “empleados”? No me altera un día como este, ni lo espero lleno de malos presagios, como tampoco lo siento cargado de amenazas. A mí al menos, Martes y Trece sólo me suena al nombre de un dúo genial que quedó grabado para siempre en la mejor historia del humor español. Martes y Trece es el recuerdo de una inolvidable Nochevieja en casa de mi tío Emilio, cuando unas empanadillas se quemaban en Móstoles y una sorda que no se enteraba de nada no paraba de gritar el nombre de Encarna. Así pues, feliz martes!!!




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