¡¡¡Buenos días!!!

Buenos días!!! En los últimos años de su vida pude conocer personalmente a uno de los poquísimos sacerdotes que me han fascinado, José Luis Martín Descalzo. Y han sido poquísimos porque así me vino saliendo la cuenta de los que, como el Hijo del Hombre, no tienen donde reclinar la cabeza. Mi encuentro con Martín Descalzo tuvo lugar en Sevilla, cuando pasábamos por las largas y ansiosas vísperas de la llegada a nuestra ciudad de Juan Pablo II, a quien él  definió, en unos fascículos de su autoría que coleccioné, como al Papa que vino del frío. También había leído de Martín Descalzo su Cuaderno de Apuntes publicado semanalmente en el dominical de ABC, que yo recortaba y coleccionaba uno a uno, subrayando las luces que me descubrió. Esos apuntes se recopilaron más tarde en tres libros que igualmente adquirí, toda una trilogía que parecía la brújula para no despistarme en alimentar mi espíritu: Razones para la esperanza, Razones para la alegría y Razones para el amor. En estas últimas razones encontré muchas de esas perlas que Cristo no quiere que se le den a los cerdos. Mi admirado José Luis había escrito su Carta a Dios justo por los días en los que la diálisis lo amarraba con frecuencia a las máquinas de sobrevivir. En uno de los renglones más sorprendentes dejó lo siguiente: “Nos vamos a morir sin aclarar cuál es el mayor de tus dones: si el de que tú nos ames o el de que nos permitas amarte”. Feliz Domingo!!!




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